lunes, 6 de julio de 2009

Y HE TANTO



Y he tanto en corto plazo
que astilla la óptica del poema.
Es el globo ocular que blasfema
vaivén púrpura y lazo.
Ya lo he dicho en otro amague:
toda la noche te bebo y te escribo
y te fumo.
Quizás humo
que en huracán de abanico recibo
encauzando este derrame.
Tu silueta oxigenada sin sombra
es tu voz envainada en mi guitarra.
Se afila la noche mientras me sobra
este cóagulo al mar ya sin amarras.
Y se afila con filo
de intemperie sin marco.
Nihilismo alteo anarco
y he tanto en este asilo.
Excepto tus ojos la nada
y excepto la nada tus ojos
y excepto exceptuando me aflojo
en hondo fondo y bocanada.
En cruz bajo el bostezo de faroles urbanos
dibujando los dientes hostiles del paisaje.
Cauce embotellado de voz ronca y malevaje
en la cruz y ficción de afinarte con mis manos.

domingo, 5 de julio de 2009

REACCIONES



Sólo para decir que no he puesto mi piel a secar bajo el idiotizante brillo de una madurez corrosiva. Quizás hacerte entender que no he puesto en hora el reloj y que tampoco me he memorizado los nombres y las fechas. Podría agregar que la materia de mis sueños es la pulpa fresca de aquellos frutos orgiásticamente prohibidos.

Pero quizás todo esto no sirva de nada. Puede ser que simplemente te convenga mirar la sonrisa cómplice que dibujo al dormir. Es así la cosa y de algún modo, en el fondo, todos los sabemos. Nadie que se digne de ser siendo puede obviar el riesgoso pero feliz llamado de la apertura. Hombres disfrazados de hombres entran a las oficinas. Con máscaras de persona extraña entre otras personas cultivan un cáncer y es su propio olor el que se impone perfumes.
Repito que es así la cosa y que de algún modo, en el fondo, solemos olvidarlo.

Un eclipse, por ejemplo. Un eclipse no es necesariamente más hermoso que sentarse en el inodoro y hojear un catálogo de lencería. Un arco iris, por ejemplo. Un arco iris no es necesariamente más hermoso que sentir como baja el café caliente una mañana de invierno. O quizás un iceberg. Un iceberg no es necesariamente más interesante que descubrir que una persona es el doble o hasta el triple mejor de lo que prejuiciosamente teníamos asumido. Y vuelvo a repetir que es así la cosa y que de algún modo ya es hora de decirle basta a las reacciones impuestas.

Ella me dice que me levante temprano y que use ropa más formal (zapatos incluidos). Ella me dice que por favor me corte el pelo y de ser posible que beba café descafeinado. Ella me dice que lea las noticias y que esté al tanto de los acontecimientos sociales y políticos y bélicos y ambientales y hasta los últimos pronósticos del calentamiento global. Ella me dice que me busque un trabajo fijo y estable y hasta morirte y seguro de vida y obra social (corbata incluida) y amplia oficina con vista a un futuro prometedor. Ella me dice que así no se puede y yo apenas levanto la vista y le pregunto: ¿me estabas hablando? Y ella por fin se ríe y entonces cae la noche con todas las cosas que realmente me gustan.

sábado, 4 de julio de 2009

JOSÉ NAROSKY LAS PELOTAS. ESTOS SÍ SON BUENOS AFORISMOS. Y SE LOS PRESENTO ASÍ: DISFRAZADO DE BUEN MUCHACHO.




  • 1- Es importante que sepas que tu vida es una pija: haz lo que te gusta y será grande.
  • 2- Si caes al abismo, sube. Si no caes al abismo, tirate. Lo importante es aprender a subir.
  • 3- Las personas deberían presentarse por sus defectos. De ese modo todas las sorpresas serían agradables.
  • 4- A veces la vida es una magnífica comedia. Pero existe una tragedia que a pesar de todo permanece: los espectadores serios.
  • 5- De nada me sirve opinar sobre la ignorancia. Seguramente ignorarán mi opinión.
  • 6- Las personas con pasos débiles no tienen camino propio. Sólo siguen las huellas de los que pisan fuerte.
  • 7- Es difícil despojarse de los vicios. Pero pulir las virtudes no es tan complicado.
  • 8- La única forma de no sufrir por la muerte del placer es la siguiente: morirse primero.
  • 9- A veces creo que la poesía es el momento en el que uno se harta de que todo lo que no es poesía no sepa que está a punto de serlo.
  • 10- La vida no tiene ningún sentido. Y yo, así como me ves, tengo cinco.
  • 11- Hace poco me encontré con mi alter ego. Él se refregó los ojos, y en cuanto yo desaparecí, cotinuó con su vida como si nada hubiera sucedido.
  • 12- Partiendo desde la base de que me contradigo con bastante frecuencia, he llegado a concluir que la contradicción no es mi base.
  • 13- El arte es la pornografía de todo eso que no es cuerpo.
  • 14- A veces un escritor tiene la suerte de que sus defectos de escritura puedan ser leídos como estilo literario.
  • 15- Si la vida no tuviera "peros" todo sería más fácil. "Pero" no es así.
  • 16- A veces pienso que la felicidad es una forma elegante de decir placer.
  • 17- El amor se parece a la masturbación. Sólo que la masturbación es más duradera y siempre está al alcance de la mano.
  • 18- Llegó un sacerdote y me dijo:
  • -Dios puede cambiar tu vida.
  • Yo lo miré y le dije:
  • -Y el diablo puede cambiar la tuya.
  • 19- Lo más gracioso de la vida es que algunos se la toman en serio.
  • 20- Si dios existe los reyes magos le ceban mate.

viernes, 3 de julio de 2009

RECEPCIONISTA DE HOTEL O NINFÓMANA ORAL



A Mariela. Días después tuve el gusto (vaginal) de devolverte el favor.



Es así de simple como funciona. Un minuto. De pronto sos la tercera oración que se autorretrata en su obviedad y estupidez. Dos minutos. Sos el obturador de la cámara abriéndose con una lentitud que destruye la posibilidad de enmarcar nuestro momento más adorable. Tres minutos. Sos la metáfora de otra metáfora de otra metáfora. Espejos enfrentados y la navaja de afeitar metiéndose en su disfraz de guillotina. ¿Has pensado qué vas a hacer al respecto? Cuatro minutos. La última noticia es que nos estamos muriendo.

Debo admitir que mi soledad es invaluable. Me encuentro en la pequeña cocina-sala de estudio de la pensión en donde vivo. Fumo cigarrillos de baja calidad y bebo un licor que sabe a infancia y paraíso. Es así de simple como funciona. Un momento se acopla a otro y termina siendo tan grande que padecemos la imposibilidad de amarlo en toda su plenitud. Nos sentimos inferiores. Sí, a pesar del conocimiento de que esto hará catarsis en su otro extremo.

Esto es un agujero a la intemperie, un gran sexo palpitante de ternura que simboliza la absurda relación entre nuestro origen y nuestro destino. Esto es tirar la cadena y contemplar cómo la mierda abandona el inodoro. Ya es mierda independiente sumándose a la pasta general de deshechos humanos. Primero las damas y los niños. Cinco pesos la fotografía y cinco más por el enmarcado de la misma. Es así de simple como funciona. Pero por más divertido que nos parezca, esto no es un juego inocente. Ya no hay moraleja que valga. El sexo dejó de significar reproducción para enfocarse en el placer, o en el mejor de los casos para reproducir más sexo. Es un círculo que empieza y termina en el círculo. Es un arte que empieza y termina en el arte. Es la muerte convirtiéndose en un pasatiempo que produce millones de pesos anuales. Gracias a dios. Gracias a quien sea. Y como para romper el hielo voy a concluir este párrafo diciendo que todavía creo en el verdadero amor. No me mientan. Puedo ver esa cínica sonrisa en sus rostros. La misma y hermosa y retorcida sonrisa que tenía Mariela aquella humeante noche de invierno.

Déjenme narrar un pantallazo de la escena.

Mariela trabaja en un hotel desde la medianoche hasta la hora del desayuno. Hace aproximadamente unos ocho meses yo también trabajaba allí realizando diversas tareas: desde sacar la basura hasta ser un elegante mozo en las grandes cenas que se organizaban. Fue así como nos conocimos. No es que hayamos entablado una gran amistad ni nada de eso. En un momento estás parado en la recepción robando algo de dinero para empinar una botella camino a casa. Al siguiente momento ella te llama desde la cocina y sin muchas vueltas te dice:

-Mirá, acá no podemos hacer mucho –y mira hacia la recepción y vuelve hacia mí mojándose los labios-. Pero si querés te puedo chupar la pija.

Es verdad. Tuviste suerte y estás en el paraíso. Sos un perdedor introvertido en una película porno sin la necesidad de masturbarte. Y para ser sincero, y considerando que no muchas veces tuve esa suerte, el sexo oral fue realizado con lujo y empeño. De pronto estás jugando a las cartas con tu dios imaginario y estás ganándole. De pronto estás defecando con un cigarrillo entre los labios mientras leés las instrucciones de uso de un desodorante de ambientes. ¿Cómo es el olor a bebé? ¿Cómo es el olor a caricias de algodón? ¿Cómo es el olor a toallas azules prolijamente dobladas? La verdad es que no sé y la verdad es que no me importa. Y de pronto estás olfateando el olor a shampoo en el húmedo cabello de tu primera novia.

El dueño del hotel es un gran amigo de toda mi familia. Oscar, ese es su nombre. Es cierto que ya no trabajo allí pero suelo ir a visitarlo con la certeza de que seré bienvenido. Y Mariela me arroja una mirada sensual mientras se relame los labios. Y pienso en una anciana cinco estrellas con tapado de piel quejándose de su desayuno:

-Mozo! Mozo! Creo que hay semen en mi capuchino.

jueves, 2 de julio de 2009

LA ENFERMERA ROJA



Nunca me gustó el olor de los hospitales. Ese olor extremadamente higiénico y sin rastros de vida. Ese olor que en realidad se presenta como la ausencia absoluta de otros olores. Es el mismo olor que se percibe en los velorios y en los cementerios, un atentado a la esperanza, una asfixia que se potencia con la inutilidad de la espera. Se podría decir que todos estos lugares están relacionados con la muerte, y aunque mi intención no es la blasfemia, recuerdo haber sentido un olor similar en las iglesias.

Aquella noche yo estaba en un hospital, sentado en una de las muchas sillas azules que había contra la pared del pasillo. Como era de madrugada no había demasiada gente, reinaba una especie de silencio rancio, apenas la insinuación de una respuesta en otro idioma. Dicho silencio era solamente quebrado por los pasos de las enfermeras, lentos fantasmas que iban de un lado a otro como en un desfile irracional. Sin esforzar mucho la memoria puedo afirmar que mi única compañía era el color vainilla de la pared de enfrente. Aunque también estaban las sillas azules y el tránsito cansado de aquellas pálidas señoritas. Y en los guardapolvos de las enfermeras se podía adivinar un extraño amarilleo que me provocaba náuseas.

-¿Todavía no hay noticias de Natalia? –le pregunté de pronto a una de las enfermeras, poniéndome de pie y deteniendo su apresurada marcha con un brazo extendido.

-No, aún no tenemos novedades. Por favor continúe esperando.

Desanimado, aunque adaptándome de a poco a la situación, volví a sentarme. Esta vez lo hice en otra silla y deseé que fuera de otro color. Rojo, por ejemplo. ¿Por qué decidí sentarme en otra silla? No lo sé. Supongo que necesitaba hacer aunque sea un mínimo quiebre en aquella monótona espera, la soledad rodeada de tiempo inútil, el tiempo detenido en pleno terremoto con los adornos a dos centímetros del suelo.

Me resulta irrisorio el hecho de no haberme dado cuenta mucho antes: en la pared de enfrente había un enorme reloj. Cada tanto, cuando lograba distraerme y pensar en otra cosa, el reloj desaparecía como el humo del cigarrillo que se elevaba hasta vestirse de aire. Otra vez el silencio era solamente quebrado por los pasos de las enfermeras, por aquel ballet saturado de indiferencia, por aquel tedioso disco rayado. Otra vez el silencio era fragmentado, dividido, interrumpido de una forma rítmica y constante.

Es verdad que al principio no me percaté de su presencia. Pero cuando por aburrimiento miré hacia ambos lados del pasillo, allí estaba el anciano, a mi izquierda, a tres sillas azules de distancia. Llevaba un enorme anteojo oscuro y un extraño sombrero algo ladeado. Y cuando le arrancó las últimas pitadas a su cigarro me pareció que su larga barba se incendiaría. A pesar de las luces del pasillo su rostro se esforzaba por permanecer a oscuras, tan a oscuras como cerrar los ojos y decidir no volver a abrirlos. Me pareció exagerada su impaciencia, el nerviosismo con el que se frotaba las manos, la resignación que se adivinaba en su forma escrupulosa de llorar.

-Psss, Psss…-me empezó a chistar con disimulo, se podría decir que mirando hacia otro lado, evitando con desprecio la mirada de las enfermeras. Intenté responderle pero el anciano puso el dedo índice sobre sus labios, apresurándose para indicarme que guardara silencio.

Nunca me gustó el olor de los hospitales. Ese olor a simulacro de esperanza. Ese olor a final disfrazado de espera. Y entre todas las enfermeras de blanco que venían desde la derecha, sin previo aviso, sin que nadie la espere, apareció una esbelta enfermera que llevaba un muy extraño guardapolvo rojo. El anciano empalideció en cuanto la vio, e inmediatamente se incorporó y comenzó a caminar hacia la izquierda del pasillo. La enfermera roja no tardó demasiado en alcanzarlo, en abrir una puerta y en hacerlo entrar a los empujones. Antes de todo esto, el anciano me había arrojado un papel enrollado con cuidado y del tamaño de un cigarrillo. Cuando ya todas las enfermeras eran enfermeras de blanco, exceptuando el amarilleo que me provocaba náuseas, desenrollé el papel y lo leí detenidamente.

-Psss, psss…-chisté cuando me di cuenta que a mi derecha, a tres sillas azules de distancia, se había sentado un muchacho que ya comenzaba a lucir impaciente.

miércoles, 1 de julio de 2009

CÓMO ME GUSTA NARDA LEPES (Nota: Narda Lepes es una reconocida chef argentina).



A pesar de que su apariencia no es la apariencia idealizada de mujer que aparece en las revistas de moda. A pesar de que el arte culinario no es algo que me llame particularmente la atención. Pero esta pequeña y simpática cocinera tiene algo, tiene ese no sé qué, tiene una fuerza magnética que me hace desearla. Es como si fuera algo instintivo y básico, apenas me basta verla un segundo para tener todos mis impulsos sexuales a flor de piel. Cociname, Narda Lepes. Cociname a fuego lento o apurándome un poco cuando lo creas necesario. Sólo tú eres la experta que sabe cómo hacerlo mejor. Cociname como quieras pero por favor no me dejes crudo.

Ella sujeta las verduras con seguridad. Ella pela una banana y se moja los labios con la lengua. Ella es una chica simple y modesta que habla con naturalidad, mostrándonos la cocina como lo que realmente es: un jugueteo previo, un preámbulo de gustos y aromas para el éxtasis total de satisfacer nuestro apetito. Ella se involucra de verdad en cada plato, siempre relajada, siempre con algo interesante para contar al respecto.

Cómo me gusta Narda Lepes. A pesar de que no sé con exactitud qué es lo que veo en ella. Pero me gusta. Es así de concreto y simple. Es algo mágico. De pronto tengo ganas de besarla, de cuidarla, de amarla, de decirle tonterías al oído para hacerla reír. No sé cuáles fueron los ingredientes que se mezclaron para producir este efecto. Pero fue una muy buena receta. Imagino que me deja completamente satisfecho. Imagino que ronronea debajo de mi abrazo, que me pregunta la hora en la mitad de un bostezo. Y no puedo hacer más que decirle lo rico que estuvo todo. La verdad, Narda, para chuparse los dedos.

martes, 30 de junio de 2009

DE BARES Y DE PUTAS



Se trata de una rubia con algunos kilos demás. Su piel tiene un tono lácteo y su cabellera se derrama en láguidos bucles sobre la mitad de su rostro. Reducimos la velocidad y nos acercamos fingiendo desinterés. Entonces mi tío baja la ventanilla y comienza a conversar con esta mujer que me resulta cada vez más atractiva. Bebo un trago más de mi cerveza y me acomodo el miembro para darle espacio libre a la incipiente erección. De repente mi tío se da vuelta y mirándonos como si hubiera recobrado toda su juventud, nos dice:
-Treinta pesos. Pasás vos y después tu hermano. Oral y vaginal. Y los dos por aparte, claro.
Se llama Vanesa y de lunes a viernes es una respetada enfermera en el hospital de niños. Pero los sábados, al menos este sábado en particular, es una más que respetada puta poniéndose en cuatro patas sobre mi cama mientras yo termino una botella y me bajo los pantalones. Me dijo que trabajando como enfermera cobraba una muy buena mensualidad. Y cuando le pregunté respecto a su actividad de los sábados no supo muy bien qué responderme. Habló de traumas. Habló de neurosis, de fiebre uterina y entre otras cosas también habló de placer. Pero ninguna respuesta que explique la maravillosa voluptuosidad de su trasero, la excitante sonoridad de sus gemidos y el elocuente cauce de su putear y agradecer y reclamar. Todo como si fuera la última vez.
Estamos desnudos sobre la cama violentamente destendida. Vanesa se lleva mi pija a la boca y una vez que sus manos están libres comienza a acariciarme desde el abdomen hasta las rodillas. Entonces le pido que, sin dejar de hacer lo que está haciendo, trate de cantar su canción favorita de la infancia. Ahora sí puedo sentir las vibraciones de su voz frustrada recorriendo todo mi cuerpo. Desde mi extremidad más sensible hasta el vértigo más íntimo de mi sistema nervioso.
Son cosas que pasan. Es invierno y todos estamos un poco resfriados. Vanesa estornuda justo cuando me encuentro en la parte más espasmódica de mi eyaculación. Por lo tanto se forma una burbuja de semen en el orificio izquierdo de su nariz. Pasamos casi media hora sin poder dejar de reírnos. Quizás debí darle dinero extra por la magnífica manipulación de mis fluidos. Y lo hubiese hecho pero tenía que guardar el dinero para comprar más cerveza y cigarrillos. Porque usando una expresión que detesto, la noche todavía era joven.