lunes, 6 de diciembre de 2010

UNA MUERTE, NO LA ÚLTIMA


Y hoy que vivir es dentellear la sombra de un ataúd: no saber lo que es la muerte.

Y hoy que morir es mirar un rostro con extrañeza: olvidar lo que es la vida.









domingo, 28 de noviembre de 2010

NO TITLE





entre libros y guitarras eléctricas
me muevo
ante cuadernillos con mi vida entera
espero pacientemente
entre tu aliento fresco y tu mágico silencio
logro extasiarme
entre grandes hojas con dibujos de colores
vuelvo a ser un niño
entre física cuántica y budismo zen
vuelvo a dejar que la realidad me sorprenda

psicodélico
sonriente
amigable
relajado
buen humor
siempre haciendo

aceptando
dando porque sí
renunciando
abandonando
siendo parte
esperando
agradeciendo
meditando

entre gatos que duermen sobre almohadones
entro en frecuencia felina
entre perros que juegan bajo mi caricia
exhibo mi ternura
entre tanto entre nada que no entre sin el todo
existo y fluyo y tomo formas de acuerdo a los sucesos
nada quiero sino olvidarme de un ego que algo quiso
nada quiero sino esta palabra
este verso bajándonos
con irregular cadencia
a la palabra final






jueves, 4 de noviembre de 2010

FANTASMAS A FALTA DE VOS




I


Han fragmentado mi cárcel para luego desmaterializar los barrotes. Realmente supieron de mí para procurar que yo me sepa. ¿De qué me sirve la libertad si no hago más que leer compañías ausentes? Soy un adentro colmado de endechas hacia mi fondo.


MIGUEL: -¿Qué hacés?


MAL PINTOR: -Pará, pará, ya te digo.


MIGUEL: -Hey, boludo. ¿Qué hacés?


MAL PINTOR: -Pero nada, te intento real al óleo seco.


II


El baile de las nubes desdibuja tu rostro, subraya los relojes y las arenas, todo el peso soledante del tedio. Desde abajo para abajo, en eso consiste mi caída. ¿A qué velocidad caés? (preguntó la ausencia). Sería incapaz de precisarlo con números (contesté). No sé, caigo a muchos poemas por noche.


III


A falta de vos estoy poblado de fantasmas.


IV


Me duele el espacio que solías ocupar.




miércoles, 3 de noviembre de 2010

METAMORFOSEAR




Y arriba, en el fragmentado trastorno de mi escalofrío, como encastrado en un desequilibrio alegórico y mordaz, con empalagosas mordagas que patinan en la médula, con vidrios triangulares que se endentan en mí, trazando con la mirada el radio del círculo lunar, encrestando una cólera vehemente, siempre arriba, me dibujo con sombras, me digo con silencios, me desexisto para adquirir un cuerpo nuevo.




domingo, 24 de octubre de 2010

SEDA Y LUNA



Insólitamente abierto al caos ordenador de los climas interiores. Poco a poco la luna me convenció. “Oh, mi pequeño vástago (decía), únete a mi circo de ángeles sin alas, participa en los espasmos de esta orgía. ¿Qué podrías perder? Adelante. Antes de que el miedo se cristalice”. Sinceramente, yo no soporté el llamado de su guiño erótico, los gestos graciosos de su blanco sexo, la electrizante caricia de su rayo carnal, tan similar al roce de la seda femenina.




jueves, 21 de octubre de 2010

INTER NOS





Sol ausente. Luna fija y parpadeante en los ojos, enumera los obvios designios a los que me expone. Abrupta caída de besos, las sedas exiliadas de nuestras pieles añejas.


¿Adónde ir cuando somos el lugar y nuestra mueca es degradante? Mañas melodramáticas y hábitos de carne te encastran en mis escritos.


El amor se viste de corazón ocioso a la sombra de nuestras costillas.




martes, 19 de octubre de 2010

CUARTETO PAREDES




Parpadeo músico del boom lunar

asado al filoso alféizar,

irrumpe con móviles pestañas

de ronco cremarme solo.

Rayado disco Paez de vinilo

babea el sueño hondo contra

las relampagosas iras

del proceloso vacío flaco.

Descompostura antiaspirina

en la melena del tosco

ánimo-gran muralla.

Aquí el melódico ronroneo-

Lennon: “All you need is love”.

Aquí la rubia nicotina-bandera

del trémulo dedo casi ausente.

Humeante ceniza de un resbalé

pulmonar al cáncer idolatrado.

Boca-tapita de boba sustancia.

Serpenteo irregular de vítreo esófago.

Mucilaginosa bodega estomacal

del fondo. Vicios hechos a la justa

medida de mi empalagoso

saltar descendente.






viernes, 15 de octubre de 2010

INTEMPERIE DEL SENTIDO (CAPÍTULO 12 -Y ÚLTIMO-)


Criatura alfombrada de gemidos, tu lejana amiga te abre la puerta con un gesto templado, como de útero amistoso en nostalgia. Te sentaste al borde del sofá quizás burlándote de la posible caída, insinuando un abismo más intrigante que tus ojos. El jazz se aceleraba espantando el miedo a lo espontáneo, despeinando la ridícula fragilidad del orden. Mojabas el dedo con tu lengua y dabas vuelta la página de esa grotesca revista de moda. Francesas lindas con bellos en las axilas, mujeres que fuman en un silencio metafísico y fotografías tomadas desde ángulos impensados. La vulnerable transparencia del ánimo contra la sabrosa opacidad de la fortaleza. Las palabras se agotaron con el saludo, sólo quedaban los ojos apropiándose de un idioma recién inventado. De pronto una mano sobre un muslo, el aliento de alguien reconociendo la forma de un cuello en porcelana. La electricidad se convertía en parte del cuerpo humano, las médulas se afinaban de acuerdo al cantar de los suspiros. Música en fuga y no hay más causas que la vida. Obedeciste como una golfa en piscinas de gin, sos la metáfora perfecta de.


Saltos y pausas. El cigarrillo humea entre mis dedos. Cadavéricos, sí, cadavéricos y aliento a morgue. Con estas cosas escribo y me planto en la muerte, la vivo y la respiro como nunca jamás podré hacerlo.


tu sombra decapitada por la puerta

inyectará magma en mis recintos

con precisión quirúrgica

limitará la intemperie:

una quinta pared donde colgar mi retrato


“Escribo sin conocer el desenlace

De lo que escribo

Busco entre líneas

Mi imagen en la lámpara

Encendida

En mitad de la noche”


OCTAVIO PAZ


La poesía es entender despojado de entendimiento, es definir, a lo largo de los versos o las oraciones, esa palabra que en realidad nunca aparece, esa palabra que apenas se insinúa en la unidad concreta del poema.


La lengua serpenteaba entre los labios de la boca vertical, reconocía los flujos por ella provocados. Eran la prolongación de Safo: ...”yo te buscaba y llegaste,/ y has refrescado mi alma/ que ardía de ausencia”. Se encontraban rodeadas de libros abiertos, de ceniceros saturados y de botellas vacías: simbolizaban el eterno fracaso de la lucidez. Así, acostadas sobre la felina alfombra, asimilaban la simetría de su amor.


Para hallar el símbolo es preciso tocar fondo, atreverse a practicar una poética incansable. Las paredes se aproximan poco a poco: claustrofobia que me obliga a practicar la intemperie.


O eran las enfermeras que desnudas y tomadas de la mano hacían una ronda infantil y entonaban una fúnebre canción: “Si las paredes hablaran contarían su horizonte./ Si las paredes hablaran contarían su horizonte”. Y yo mismo soy la distancia. Siempre hay un otro que escribe a pesar del espejo y el nombre.


El punto de fuga era un torbellino de pueriles garabatos, rojos destellos de sangre que licuaban la ilusión azul. Lógica: a alguien perfecto nada le sale mal y a alguien imperfecto le sale un producto con demasiadas imperfecciones. No sé si dios existe. Pero si existe es verdad que nos hizo a su imagen y semejanza: o sea, imperfectos. Estoy acostado en esta habitación anónima, me aferro a la breve seguridad de este tiempo y de este espacio. Somos dos excepto que estoy solo, con tu dócil mano tendida en mi vacío, con mi vacío encontrándote invisible. Desde este ángulo todo parece anulativo y feroz: dientes y espuma, sangre y delirio. Escucho pasos lejanos. Es casi como si viera el piso encerado del pasillo y los tímidos zapatos, esos que se arrastran de noche con una levedad de bailarina. Sensualidad extrema: los sentidos encuentran su intemperie y empiezan a confundir sus funciones con las funciones de los demás. Momentos efímeros de lucidez. Así es como percibo los cimientos de mi locura.


Malena derramada, abierta, entregada a los espasmos femeninos de su espejo. Acaricia la redondez de aquellas nalgas, se esfuerza en destacar la elasticidad de su deseo. Por lo tanto sus bocas bostezan: bocanadas de humo que se trenzan en el aire. Ya habían violentado su inocencia y la ingenuidad era sólo una pose, un efectivo juego de seducción. Duérmete con los labios juntos, arráncame esta tinta que blasfema, acá el silencio significa tanto como en una sesión de terapia psicológica.


Te juro que las paredes se aproximan poco a poco, adueñándose de mi espacio metafísico y aspirando las sombras inquietas de los muebles. Lo mejor será apagar el velador y someterme a la violencia del sueño. La luz del faro nunca da con mis fisuras y así ya no puedo seguir: para despertar es necesario estar dormido.


El sentido se quiebra como el otoño, pone sol en los papeles mientras bostezo su noche. La historia se enamora al ver la viscosidad de su propio proceso, pone raíces en los detalles y hasta los exagera. Conciencia es piel metafórica del cuerpo. Es por eso que me encuentro a la intemperie de mí mismo. Es por eso que me reconozco en el espacio que me sufre. El problema del silencio es la palabra silencio. Nombramos de esa forma lo que no podemos o no queremos oír, la otra voz, la que suele quedarse sin ideas pero nunca sin palabras. Malena cerró los ojos y ahí recién pudo ver: el rostro sonreía tras una pila de papeles. Yo estaba completamente dormido.




domingo, 19 de septiembre de 2010

INTEMPERIE DEL SENTIDO (CAPÍTULO 11)


Era hora de salir a la calle, distraerse y quizás ir a los mismos lugares pero siempre por distintos caminos. Malena dejaba atrás los faroles y su sombra se alargaba monstruosamente, buscando la búsqueda de lo que desconocía. Y es así que me despierto entre sábanas hediondas, con la gata ronroneando sobre mi pecho. Manoteo hacia el suelo en busca de la petaca de gin y luego de un trago enciendo un cigarrillo. Contemplo mi rostro en el espejo y a pesar de los vicios puedo distinguir bocetos diáfanos de hermosura, lucidez disfrazada y optimismo. Las ojeras me aportan sensualidad y mi pelo desordenado tiene un aire de atrayente despreocupación. Me levanto desnudo y me dirijo hacia el centro de música, pongo algo de Ludwig Van Beethoven y me recuesto en el sofá. Se me hace que floto en sangre espesa, mi cabeza es un hervidero de palabras inconexas y la excitación de los instantes acelera mis mecanismos. La locura es un lujo que casi nadie sabe maniobrar, es el clímax del simbolismo, Rimbaud hablando en sueños.


Arrastrarse en sórdidas habitaciones sin un peso en el bolsillo: gravedad del capital. Como decía Osvaldo Lamborghini: “Para escribir así mejor sería escribir”. Manotazos náufragos buscando el alcohol y el tabaco, siempre los mismos dramas y el mismo aporte sensual. ¿A qué se debe esta manía de retorcerme en los cuadernos? La tensión dramática y la reproducción del aburrimiento entre sábanas eyaculadas. Tan difícil como obviar las influencias climáticas del texto. Siempre que hay psicología también hay lluvias.


Estaba borracho, y dije, completamente borracho, que escribo tanto que hasta la literatura me interrumpe. Nunca antes había oído una estupidez tan maravillosa. Salí del cyber, borracho, y me metí en el auto de un desconocido. Nos fuimos por ahí con las alas mojadas, empeñados en retrasar los vómitos y los desmayos.


Una vez en el aire sólo valía la pena la anulación del vuelo. Ya instalados en determinado bar, desplegamos papeles y burlas, críticas ociosas y ensayadas muecas de indiferencia. La camarera nos miró exactamente como se mira a un par de locos que gracias al alcohol cometían el pecado de la asociación libre. Retrato de una frustración o quizás apenas su herrumbre, mi cuerpo asomándose a sí mismo, borrando las influencias externas para poder captar su propia intemperie.


Y siempre allí, en la pared de enfrente: la clásica fotografía de la enfermera pidiendo silencio. Pero acá no se ha dicho nada, sólo se trata de retrasar el entumecimiento de la mente, de vivir la enfermedad como si fuera un día festivo.


Malena es un pájaro sordo, su canto es algo completamente ajeno a su inteligencia: de él apenas percibe dulces vibraciones en lo material de su garganta. Ella se abusa de sus fluidos, de su desbordante humanidad, como si el cielo entrara en sus ojos para sentirse solitario. Malena despeina al viento mientras la lluvia se nutre de su llanto.


Mi escritura es el fracaso de la explicación, del razonamiento, del entretenimiento y el orden, etc. Aunque pensándolo bien, mi escritura nunca fracasa debido a que nunca busca el éxito. Esa es la base, la diabólica base para que la libertad nos muerda las vísceras. Ha empezado a llover y la lánguida música que escucho se mezcla con el croar de los techos. El texto crepita al filo de mis úlceras mientras cada palabra define mi personalidad. Malena es víctima voluntaria de fálicos cinceles, y las caricias del escultor poseen una eficacia extremadamente femenina.


Y sin localizar la razón, la voz de Jaques Prévert se me escapa de los intestinos: “Padre nuestro que estás en los cielos/ Sigue allí/ Y nosotros seguiremos en la tierra”. ¿Cuándo se cerrarán las puertas de este circo? Mi carne ya se disuelve en ausentes territorios y la lluvia me arrastra hacia otros rumbos. Seamos contradictorios, dudemos de cada sílaba, anulemos la obra para dar lugar al espíritu. Antonin Artaud: “Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu. Vivir no es otra cosa que arder en preguntas”.






lunes, 6 de septiembre de 2010

INTEMPERIE DEL SENTIDO (CAPÍTULO 10)


Por un lado están los que piensan en serio y por el otro están los que se hacen los serios para aparentar que piensan. Malena se sentó en aquel banco de plaza: sus ojos pálidos la emparentaban con la luna, sus cabellos ondeaban al compás del viento y sus labios se abrieron para dejar entrar un cigarrillo. Fue entonces que sacó su libreta negra dispuesta a escribir unos versos. Como no sabía cómo empezar decidió empezar de ese mismo modo:


No sé cómo empezar.

Las palabras se vuelven difíciles

cuando nos damos cuenta

de que hasta el silencio puede nombrarse.


Era un embudo existencial. Toda la inmensidad giraba dirigiéndose a ella, a esa inútil silueta perdida en una plaza. Hacía ya tres días que había dejado de ir a trabajar y no tenía pensado volver. Los rostros de sus enfermos le resultaban demasiado familiares, la traumaban hasta la agonía, como tener el poema perfecto en la punta de la lengua. Era un rostro ahogado en tiempo que nunca terminaba de definirse. Quizás algún día. Quizás la lluvia que comenzaba a caer. Quizás la sed a pesar de que se le hacía agua la boca. Menos mal que tenía un mes de alquiler ya pago, algo de dinero y la alacena llena de comestibles. Caía la noche y los bares abrían sus puertas. Las esquinas se llenaban de prostitutas y los vagabundos destapaban sus botellas entre penosos bostezos. Se detuvo la lluvia y el ronronear de los autos era todo lo que se escuchaba.


Bombas que caen en el barro, hondas bocanadas de muerte, pétalos con espinas y ese rostro tan lejano y familiar. Malena se sentía realmente sola. El mundo se había reducido a sombras, a manchas que se arrastraban sin sentido alguno. A la intemperie de su propia voz. Jugar con las palabras es afilar el destino y apurar su llegada. Pero ¿cuál? Si en el mismo silencio ya cabe la angustiosa posibilidad del vacío.


Somos violentos, absurdos, aburridos en la contemplación y eufóricos en el discurso. La inspiración se ha ido para dejar en su lugar un ano dilatado, sangrante y musical, un ano elástico que se empeña en fruncir y apretar la intención narrativa. En mis páginas anida la idea de la eyaculación: me masturbo al son de un murmullo sin bozal. Pienso en los métodos para anular el pensamiento, y al ser eso mismo un pensamiento, me topo con una confusión violentamente adictiva. “Confusión es una palabra que hemos inventado para un orden que no se entiende” (Henry Miller). Lo importante es la práctica despiadada de la autopsia caníbal.


Malena y su alcohol y sus pasos blandos: casi la mínima levitación de un hermoso cadáver. Mientras caminaba se empezó a tocar los pechos, las nalgas y la entrepierna. Comprobaba su estado material, dulcísimamente borracha y bostezando la acidez del llanto. La sensualidad de la autodestrucción consiste en falsear el suicidio y retardar el placer de liberar el esperma. Pensó en todo el semen que había tragado cuando la excitación la llevaba a un estado de salvajismo primitivo. Imaginó un mundo de semihumanos deformes que la carcomían desde adentro. Su corazón bombeaba sangre no en relación a la vida sino en relación a la muerte, como si se asqueara de ese licor y quisiera inmediatamente sacárselo de encima. Escupitajos, orina y colillas de cigarrillos. En el baño público se bajó los pantalones y empezó a defecar como un ángel si es que los ángeles defecan. La imagen del inodoro se distorsionaba, era un animal coprófago con su blancura prostituida. Inútilmente trató de recordar su propio parto, el hospital y la frente transpirada de su madre. Se puso en el lugar de ella y empezó a hacer fuerza, mordiéndose los labios y sujetando su cabellera. Cuando el excremento cayó unas gotas de agua con orina se posaron en sus nalgas. Malena dio un último suspiro y cayó desmayada, dejando una imagen perturbadoramente sexual, una singular fotografía inolvidable.


Nada se ha resuelto. Los espacios en blanco siguen cayendo como rieles tentadores. Manos suciamente viriles separaban las piernas de Malena. La habían arrastrado hacia un rincón y mientras la levantaban de la cintura se escucharon torpes risas de animales. El miembro anónimo entró (autopsia de un solo tajo) en el ano desmayado de la pobre. Como la lubricación no era suficiente se vio que un hilo rojo de sangre dividió la blancura de uno de sus muslos. La tripa entró hasta el fondo de la tripa, ensanchando el tubo anal mientras toda la piel en juego era elástica y se alisaba magníficamente. Entrar, arrepentirse y salir. Salir, arrepentirse y entrar. El placer: dos polos opuestos ubicados en la duda. Y la velocidad aumentaba según la expansión del deseo. Quizás mañana, al despertar, Malena sufrirá las consecuencias o valorará el castigo. Eso depende exclusivamente de su estado de ánimo.


Involucrado hasta la médula. Acá se siente la rebelión de mi carne, la opacidad del olvido en donde nunca nos reconocemos. Simple y fácil: efectividad abrumadora encarnada de pronto en la teoría del caos. El presente de la escritura siempre regresa: una guerra sangrienta entre la carne y los escondrijos de la mente. Hacerme a un lado sería dividirme en dos y dejar una mitad en el centro. Nada más importa. Lo demás es pasión. Esta noche saldré a recorrer la ciudad, beber hasta embriagarme y observar cómo la multitud se desliza hacia el amanecer olvidándose sus fantasmas: los enterraré bajo estas páginas.


O era ella poniéndose la tanga frente al espejo, tocándose dulcemente, sacando la lengua para burlarse de su propio rostro. O era ella sentándose sobre un fuego que se le subía a la garganta, otra vez escribiendo algunos versos:


en el lugar de los residuos anónimos

se abusaron de mí

como siempre antes del sol


derramada boca abajo en el desmayo

subterránea sensualidad de muerte al borde

babeada de ambas bocas

y expuesta al crimen obsceno


yo me río sangrante y alocada

tu lejana cabeza paralítica

quizás recuerde que olvidarme

es imposible


simple crónica de un hecho partido

acá hay de todo excepto poesía


y otra vez somos dos

excepto que estoy sola








jueves, 2 de septiembre de 2010

INTEMPERIE DEL SENTIDO (CAPÍTULO 9)

El velorio terminó como a las ocho de la mañana. Menos mal que para cuando empezó a llover Malena ya estaba en el interior de un bar, bebiendo su café y escribiendo cartas que nadie recibiría, cartas que enviaría a direcciones quizás inexistentes. Le gustaba imaginar cómo se sentiría una persona al leer las más íntimas confesiones de una perfecta desconocida. Trató de recordar cuál fue la primera carta que envío de ese modo. Pero era imposible pensar, vestida por completo de negro, y menos aún mirando el obsoleto paraguas que descansaba sobre la silla. Se secó las últimas lágrimas, pagó el café y los cigarrillos y se ofreció a la lluvia, olvidándose a propósito el ya mencionado paraguas. Ya sentada dentro de un taxi comenzó a releer la carta que había escrito. No tuvo ganas de hacer una parada en el correo por lo tanto decidió que lo mejor sería arrojar la carta a la lluvia. Malena sufría constantes escalofríos, su sensibilidad nerviosa aún no se afinaba a la situación. Bandoneones lejanos, espejos rotos y muñecas decapitadas: imágenes absurdas que surcaban su mente dejando temblorosas estelas. Al entrar en su casa sintió más frío que en la calle. No tenía hambre ni sueño, sólo el peso fangoso de existir y una contradictoria euforia que se aproximaba desde lejos. La risa sin sentido que nos hace continuar con este absurdo.


Malena comienza a releer fragmentos de varios autores, apenas unas diez líneas de cada uno: Cortázar, Lamborghini, Pizarnik, Piglia, entre otros. No sabe si tocar la guitarra o echarse a dormir, si reírse con Girondo o enamorarse con Neruda. Se va al baño a defecar y enciende un cigarrillo. La realidad la espanta y a veces le fascina. Todo parece ser aburrimiento, sequedad vaginal, cucarachas apuradas y un gusto amargo en los labios. Vuelve el fantasma con su discurso continuo. La mente viaja a velocidades que el lenguaje no logra asimilar. Piensa en cómo pasar las horas que le quedan libres antes de irse al trabajo. Esa mañana le perdonarían su ausencia debido a la cuestión del velorio. Relacionó la muerte con el perdón y le dieron náuseas. Su sueño mancha el aire de la habitación y comienza a brotar lodo desde los rincones. Todo es basura mientras ella sueña con orgías en aceite, con blandos cuerpos brillantemente lubricados.


Regreso, me aferro a estos renglones, escribo tirado sobre el colchón, apoyando el cuaderno sobre una caja vacía, mientras el humo me lastima los ojos, mientras los intestinos me susurran una melodía inconcebible. Voy y regreso del baño una y otra vez, fumando cigarrillo tras cigarrillo y leyendo fragmentos de aguda literatura. Nunca me daré el lujo de una escritura acicalada. Yo no: autopsia de un solo tajo ante el impasible auditorio. Me considero una sexual y viciada herramienta del aburrimiento.

Tengo varios días para pasar encerrado en este cuarto (ha empezado a llover), escribiendo todo lo que se me antoje. Y quizás más adelante: retomar los estudios, buscar trabajo, simular que estoy entre ustedes. Me duermo lentamente, boceteando estas últimas palabras. Estas últimas...


Recuerdo que fuimos al kiosco y compramos cerveza como para dos días. Las lunas pasaban una detrás de otra, y a pesar de que nuestros padres nos enviaban cada vez menos dinero, ya no sabíamos pensar en el futuro. Estábamos sumidos en recitar a Arthur Rimbaud, a Antonin Artaud y a otros célebres dementes. En tu casa andábamos siempre desnudos, exhibiéndonos mutuamente, asimilando los detalles de nuestros cuerpos. Eso sólo nos llevó a hacer el amor con más frecuencia hasta aburrirnos de nosotros, siempre excitándonos entre almuerzos y lecturas. No sé si has entendido por qué me fui y tampoco me importa demasiado. Te dejé algunos libros, algunos manuscritos inconclusos y seguramente maravillosos recuerdos. Tuve que hacerlo, Romina. Necesitaba ampliar mis paisajes y frecuentar otras personas. Si es que nos volvemos a encontrar espero que no estés enfadada.


Dirijo a duras penas la maquinaria de mis huesos, con los ojos vaciados y casi siempre de perfil. Suelo olvidarme de mí mismo, me dejo ahí sentado en algún bar y aprovecho para hacer el amor con las pictóricas bailarinas del Molino Rojo. Soy lácteo, nocturno y felino. Y a veces sé admitir que cualquier semejanza con la poesía es pura coincidencia. ¿Qué es la poesía después de todo? No sé cómo definirla y no sé dónde encontrarla. Pero siempre que la encuentro ella siempre me define. Hay que abrir las puertas que ya no se pueden volver a cerrar. Pero elige con cuidado ya que puedes hallarte en intemperies que no te gusten. Jugar sin la inocencia de la infancia puede tornarse peligroso.


Y vos bien sabés que lo que te pido no es mucho. Sólo el áspero aroma de tu colorida oscuridad, apenas la textura rugosa de tu piel lacia. ¿Por qué te resulta tan difícil? Sólo quiero la multiplicación de tu plural unidad, apenas el salvajismo sexual de tu vagina viril. Y llena de lágrimas tibias me mirás y no me entendés, hasta que de pronto ponés la mano en mi pecho y la razón se va entre las sábanas. Y así, por primera y última vez somos el mismo concepto. Después me preguntás si eso es literatura. Yo me río y te respondo que no sé y que no me importa. Pero hay algo que no me podés negar: la inutilidad del juego te divierte.










domingo, 29 de agosto de 2010

INTEMPERIE DEL SENTIDO (CAPÍTULO 8)


Y también están las otras. Superficie y superficie. Mujeres flojas de dudosa moralidad y hombres que se acomodan la corbata. La lluvia cae y los autos bostezan regalándonos sus oscuros vapores. Llega la hora en que los bares pestañean, la misma hora en la que los artistas prostituyen con gozo lo esencial de su arte. Es como si llegara el tiempo de penetrar y ampliar las explosiones una vez que estemos dentro. Hacerlo sin temor a la velocidad y al sin-sentido. Basta de pudores. El sentido es espejo en sí mismo. El sentido se hace espuma y esa espuma es el sentido renovado. A veces creo que ya no tengo nada que escribir. Pero siempre aparece una abertura, una herida que se alarga sin cansancio, un agudo gemido que se prolonga. Todo se desprende de mí con un fluir casi sexual: rumores confusos, sórdidas imágenes, alucinaciones cruentas, fogonazos de historias y escenarios vacíos. Creo que ya no tengo nada que escribir hasta el momento en que lo escribo.


Preguntar el significado de las expresiones es de mala educación. Al preguntarle a alguien el significado de sus frases le estamos pidiendo que destruya todo el arte de las mismas. Las cosas casi siempre terminan por autodestruirse. Las serpientes se muerden la cola. Los hombres se preguntan la razón de su existencia. Los objetos eléctricos se enchufan a sí mismos y todo esto quizás nos lleve a explotar en la repetición del mismo vacío.


Basta de masturbarnos con ideas obscenas, con discursos impronunciables que se mantienen en secreto por miedo al ridículo. Hay que abrir los poros del monstruo experimental que nos habita. Todo es experiencia y experimento. Eyaculemos de una vez los rasgos más íntimos de nuestra persona. Seamos explícitos con nuevas formas, técnicas y contenidos. A veces mostrando la confusión con detalles confusos. A veces depositando la potencia de la claridad sin el más mínimo miedo a la ceguera. Escribir toda la noche. Quizás todo este circo se trate simplemente de eso: un espasmódico llanto de sangre, la idea de aflojar los lazos y dejar que el fluido se libere. Nos entregamos a la sombra de nuestro refugio, tímidos cobardes que narran su excéntrica valentía. Espontaneidad y delirio. Ir a la misma velocidad del vértigo que tanto caracteriza a nuestro arte. Prefiero pagar con la vida antes que renunciar a este estilo de muerte. Ya van cayendo las últimas gotas pero mañana será otro día. Hoy no tengo vino ni cigarrillos. Sólo este cuaderno, una lapicera y la luminosa compañía de la luna: ojo lácteo que se aprende mis acrobacias. En cierto modo me hace recordar a Romina, a los interminables veranos que solíamos pasar en su cabaña, en el bosque o en las orillas de los lagos. Por aquellos momentos todo era unidad. No sé muy bien cómo explicarlo. Nos sentíamos como los primeros seres humanos en tocar la tierra. Flojos silencios y libertades asexuadas, sordas estupideces de fango estructurado. Siento que frutas y flores salen de mi cabeza, que aterrizo en mi propio cuerpo, que estoy al borde del olvido. Solíamos correr desnudos por el bosque, beber cauces de vino bajo los árboles y humear como el primer incendio. Cuando Romina me besaba en los labios sentía el gusto de aquella célebre manzana. Romina abría las piernas y un dulce aroma (que tenía mucho de aliento) se adueñaba de toda la intemperie. Entonces comenzaba a acariciar sus muslos, apretándolos un poco, como probando su resistencia. Éramos bandoneones lejanos, bemoles rotos que se encontraban en la misma destrucción.


“¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?” se preguntaba un tal Carver. Yo me pregunto lo siguiente: ¿Qué amamos cuando amamos el habla?


Agarré el tallo con espinas y la flor comenzó a sangrar. Así de fuerte es la pasión de los artistas. Y así de poética es su debilidad.







lunes, 23 de agosto de 2010

INTEMPERIE DEL SENTIDO (CAPÍTULO 7)


Entrar en aquel club nocturno era como multiplicar de pronto la capacidad fantasmal de la noche. Los espesos ojos amarrillos de las luces parecían levitar sobre las mesas, y la barra se alargaba como esas rutas que se esfuerzan por ganar el horizonte. Y después los clichés estrictamente voluntarios: o sea ventiladores lentos, un mozo sin cara secando un vaso de whisky, la camarera sexy que anota su número de teléfono en una servilleta, y el borracho insoportable que desde el fondo de la barra pregunta a dónde queda el baño. Casi me olvido de las dos bailarinas semidesnudas que danzan sobre una plataforma, aferrándose a esos caños cromados que en la mayoría de los casos desentonan con el ambiente.


Los tacos de Malena comenzaron a sonar hasta que fueron interrumpidos por una banqueta que se arrastró hacia ella y por uno de sus codos apoyándose en la barra. “La engañosa simetría del espejo”, pensó sin saber muy bien por qué. “La engañosa simetría del espejo”, volvió a pensar, aún desconociendo el verdadero significado de aquella frase que hasta ese momento era una frase que simplemente sonaba bien. Pero de pronto se dio cuenta y murmuró “La engañosa simetría del espejo: del otro lado nunca nada es igual”. De todos modos la profundidad ya comenzaba a tornarse superficie, y todo aquello era algo tan estúpido, y todo aquello ya parecía algo que simplemente sonaba bien. Quizás demasiado bien para la saturación apagada de sus agudos sentidos. Pero para qué tanta simetría y tantos espejos, ya era hora de embarrarse, de ser real en holograma, de ser real en un mundo tan fantástico como pegajoso.


-¿Qué se va a servir, señorita? –preguntó el camarero.

- Vodka con limón –le respondió Malena, mientras metía la mano en el bolso en busca de los cigarrillos.


Malena era la enfermera roja. Malena entre humos esperando a su ingenua compañera de trabajo. Malena era el vestido ajustado de los suburbios lluviosos. Los blancos pasillos de los hospitales la agobiaban. Solía mirarse el guardapolvo del mismo color y se creía parte de ese continuo sufrimiento. Las esquirlas de la esperanza le lastimaban las manos. Sangre. Deseaba ofrecer algo y en ese mismo momento se convertía en la enfermera roja, la malvada, la cualquiera que se mete en callejones para embriagarse. Quizás algún día las piezas se encarguen de formar la imagen. Quizás algún día las razones dejen de enfermarse. El punto es que ya no se podía seguir así, los rostros de sus enfermos le hacían recordar los bordes de aquel amor rodeado de vacíos, le hacían recordar la mirada de aquel muchacho, la aterradora intemperie de esa mirada.


Y Fabiana continuaba ausente, se hacía esperar, instalaba el ansioso vacío de su falsa presencia. Indiferente y despreocupada, sus ojos anochecieron sin esperanzas de que apareciera su compañera. Un óleo nocturno tan suicida como caníbal. Lo mejor sería terminar con lo que había empezado, seguir bebiendo hasta que el olvido deje caer sus pesadas gotas de lodo.


Fabiana había comenzado a trabajar como enfermera gracias a la ayuda de Malena, que ya estaba habituada al ambiente y conocía a más de un doctor en ese hospital. Fabiana era la típica adolescente aficionada a la música electrónica y a cualquier tipo de estudio que se relacione con lo artístico. Había secretos, por supuesto, oscuros secretos que la embarraban sensualmente, haciéndola jugar con fango para formar su propio mundo, a veces melancólico y bohemio, a veces apasionado y libre. Como siempre había excepciones y tropiezos, las alas de Fabiana solían ser bastante torpes, chocaban con los barrotes de la jaula o de lo contrario le tiraban viento en contra. La blancura de su tez y la alineación felina de sus ojos claros le daban una apariencia europea que le acercaba varios hombres y la enemistaba con varias mujeres. Realmente una lástima si consideramos su lesbianismo y la forma extrovertida de vivir su condición. Ella veía en el lesbianismo la simetría y perfecta duplicación de la belleza, una constante dilatación que abarcaba todos los planos del color y la forma. La engañosa simetría del espejo para ella no tenía nada de engañosa. Todo lo contrario, para ella la simetría del espejo era profundamente verdadera. Era maravilloso ver el uso que ella hacía de esas falsas ventanas. Se pasaba horas frente al espejo, dándole forma a su espesa cabellera, contemplando la femineidad de sus ojos somnolientos. El lado oscuro de la luna revelándose con los breves fogonazos de un idioma tan literario como corpóreo. Tenía la manía o el hobby neurótico de leer y releer cuanto libro de medicina caiga en sus manos: era una forma un tanto caníbal de amarse a sí misma, la introspección desde un plano visceral.


Los espejos están en todas partes, ocupan espacio como el agua que se derrocha, reyes omnipresentes de la jungla urbana, extrañando siglo tras siglo el jardín vaginal de Alicia. Son la falsedad de las ventanas, la ilusión óptica que nos mantiene en la monotonía de la superficie. Reclamamos la ruptura pero la cuestión es difícil: esquirlas de rostro ante la soberbia fortaleza del reflejo. Antifaces y guantes blancos, caricaturas grotescas y gestos incongruentes, el absurdo de alto voltaje y la demencia a flor de piel. Fabiana se aprontaba para encontrarse con Malena, se maquillaba lentamente, poniendo cuidado en los más mínimos detalles, tratándose como si fuera de porcelana. Fue entonces cuando sonó la puerta, sorprendiéndola y haciendo que el lápiz labial doble en la dirección equivocada. Terrible error. Eso la haría demorar al menos otros diez minutos. Cuando Fabiana abrió la puerta no pudo creer lo que vio, su rostro empalideció de pronto y una lágrima recorrió su mejilla, haciendo que el delineado de un ojo forme una oscura rajadura en su rostro de porcelana. La bella princesa ahora se transformaba en una criatura grotesca. La alfombra roja mostraba su revés negro. Fabiana tenía el gesto de un absurdo cuadro expresionista. Alguien había removido el óleo de un manotazo indiferente. El sufrimiento se dilata en todos los planos posibles. La melancolía inserta sus ásperas raíces en los corazones afinados como arpas. Doblada cual bandoneón, Fabiana no supo qué hacer y optó por abrazarse con un gesto chaleco de fuerza. Era como si reclamara su propio cuerpo. Y después retrocedió un poco, lentamente. Frente a ella estaba el terror. Un terror que reclamaba su producto sexual. Un terror que la empujó violentamente hacia la cama. Un terror que rompió de un puñetazo su preciado espejo: símbolo de su lésbico narcisismo. Sí, un terror que le cortó el cuello con un trozo triangular del espejo roto. Ahora también ella era la enfermera roja, un rojo espeso en plena fuga, un rojo que era sangre y auxilio.


Los espejos están en todas partes y nunca esconden los dientes. Tu propia imagen puede destruirte. La belleza se te puede volver en contra. Qué pena morir así: con ese gesto grotesco y tan mal maquillada. El proxeneta se sentó en el sofá, tomó un trozo del espejo y armó sobre él tres líneas de cocaína. Aspiró de forma frenética y se retiró tranquilo, acomodándose la corbata y quizás esforzándose para borrar el reciente recuerdo.







viernes, 20 de agosto de 2010

INTEMPERIE DEL SENTIDO (CAPÍTULO 6)


Es graciosa la forma en la que uno se va abrigando con vicios y destrucciones que perforan los huesos, que perforan hasta lo más íntimo de nuestras funciones. Todas las noches salgo a la calle vestido de anestesia gracias al vino más barato del mercado, gracias a todos los humos tóxicos que me muerden el respiro. Semejante nivel de intoxicación me mantiene en un estado de afiebrada somnolencia. Soy Alicia en el país de las maravillas. Soy un monstruo en un tímido país de niños. Entonces voy directamente, aunque doblado cual bandoneón, a una plaza cercana que siempre está repleta de vagabundos y prostitutas. Hablar con este tipo de personas me resulta estimulante porque no tienen nada y no esperan tener algo, son lenguaje en estado puro, personifican la literatura forzada de un fracaso gigante. Soy un fotógrafo de estados anímicos vagando por las calles de Paraná, aprendiendo que todo es una excusa luminosa para una suerte de nada oscura.


Se tendría que hablar de una especie de suicidio general. Marcar la diferencia entre suicidas activos y suicidas pasivos. Por eso nunca sé la exactitud significativa de mi fecal discurso. Me he alejado de la teoría para caer en una práctica teórica que crea bordes y abismos ante cualquier asomo de solución. Todo esto sería un gran contenido metafísico para colocarlo en un contexto de personajes al mejor estilo Cortázar. ¿De qué estoy hablando? No tengo ni la más pálida idea.


El organismo se torna un jardín viscoso de funciones saturadas, huracanados pétalos de irregularidades metafísicas. Pasamos como si nada de solemnes meditaciones novelescas a la excitante y vulgar espuma de un alcoholismo premeditado. Nos resulta imposible decir que no: la vida separa las piernas con un aleteo de abanico, vemos la esponja de su guiño vaginal y nos bloqueamos como torpes marionetas ante la bestialidad de su afecto.



La arena del respiro entregando su electricidad, una hepática puñalada que apenas murmura los clavos del ataúd. Y así nos convencíamos de nuestra locura, le poníamos nombres insoportablemente falsos, tratábamos de hacerla importante. Pero todo nos terminaba resultando disfraz, máscara que resta y nunca suma. Los días eran pieles que nos alejaban de nosotros mismos. Cada caricia era acariciar al mismo y reconocido extraño que nunca podíamos acariciar. Era raro porque era algo de todos los días, porque algo no puede ser de todos los días así como todos los días no pueden reducirse a ser solamente algo. La trampa del lenguaje, ahí estábamos, sangrando como torpes animales, mordiéndonos al borde del beso mientras el mundo era respuesta en estado puro. Ninguna pregunta.


-Tantas vueltas de tuerca –dijo Malena.

-Y eso que nos faltan unos cuantos tornillos –le respondí.







jueves, 19 de agosto de 2010

INTEMPERIE DEL SENTIDO (CAPÍTULO 5)


Es extraño darse cuenta de que uno duerme cada vez menos. También es extraño que a pesar de que el tiempo se reduce uno sueña cada día sueños más largos y complejos. A veces, en ciertos momentos de la madrugada, la realidad se me mezcla con el sueño y el sueño de pronto parece “realizarse”. Ahí es cuando despierto de nuevo, elevado hasta la fiebre por una desesperación autómata, un insecto que sigiloso recorre mi psicología. Las puertas se abren rompiéndose a si mismas, y una vez abiertas no hay forma de clausurar los cauces de luz o sombra, según los casos. Siempre se ha dicho que todo dios es inmortal. Por eso, para vivir como un dios es estrictamente necesario que no te importe morir. Debés eliminar por completo la noción de muerte, o en el caso de tenerla, ya no debes asociarla a ninguna de las razas del miedo.


La noche, oscuramente azulada, caía sobre nosotros semejante a una espesa pincelada de Van Gogh. Nuestros cuerpos, automáticos y feroces, se encauzaban despacio hacia la plaza principal del pueblo. Era el frío y el invierno. Era el gris de la angustia empapando nuestros corazones. Entrábamos los cuatro, aunque un poco apretados, en aquel horrible y mal cuidado banco rojo. Esta situación, que nos hubiese resultado incómoda bajo la luz de otro clima, nos ayudaba a soportar aquel frío metálico que mordía nuestros huesos. Y hablando de huesos hay ciertas vértebras que duelen. Realmente desconozco la causa, pero es un hecho que la mayoría de los escritores realizan sus obras en posiciones incómodas. Y como ya habrán notado, adoro las innumerables ramas del árbol. Adoro esos esqueletos quejumbrosos que parecen buscar el cielo. Y las raíces de la pasión ya tantean el pecado, la perversa hospitalidad del infierno.


-Mirá la iglesia –murmuró Malena, tocándome el rostro como un ciego que intenta reconocer a su enemigo mientras siente el frío metálico del revólver. Era el invierno y el frío, aquel frío metálico que mordía nuestros huesos.

-Qué pasa con la iglesia? –le dije, arrancándome la máscara de sus heladas manos, al mismo tiempo que abría la petaca de licor y empezaba a beber flores, primaveras y odiosos recuerdos de la infancia. Quizás este sea el camino, “paso a pozo” como decía Oliverio Girondo. Todavía lo sigue diciendo.


La idea de Malena era entrar a la iglesia y subir hasta el alto campanario, desde donde podríamos ver por un lado los techos de las casas y por el otro la línea femenina del horizonte. A esas horas de la noche la iglesia estaba cerrada, frígida y a oscuras como casi todas las instituciones. Debido a eso no tuvimos más opción que trepar a cierta virgen, pisando los inmóviles pliegues de su vestido, sujetándonos en sus hermosos pechos de piedra y así hasta poder saltar el muro que estaba ubicado detrás. Cualquier semejanza con la ficción es pura coincidencia. Caímos en una especie de patio-pasillo, haciendo malabares en el aire para que las botellas no se fuguen de nuestras manos. Después de orinar en las paredes escribiendo nuestros nombres, nos dedicamos a destruir la vida vegetal que tímidamente se asomaba desde los planteros.


-Dios tiene malos decoradores –dijo Valeria, examinando el color de los pétalos muertos, la forma vulgar de las macetas y los sectores sin revocar de los muros.

-Tenés razón –la siguió Malena, encendiendo un cigarrillo, completamente ensimismada y con la mirada perdida en la cruz final del campanario.

-Esto es de novela –dijo Roger.

-Es distinto –lo corregí en medio de un trago -, porque acá y ahora cualquier semejanza con la ficción es pura coincidencia. Algún día quizás me siente a escribir todo esto, cuando lo que pasa acá empiece a tener nostalgia de feto, cuando caiga por fin la primera oración.


Valeria y Malena comenzaron a aplaudir despacio, burlándose entre risas de mi breve discurso sobre la situación. Roger, sin embargo, se limitó a pasarme su enorme botella de vodka al ver que mi petaca ya estaba vacía. Una vez que nos aventuramos hacia el final del pasillo cada vez más angosto, encontramos una humilde puerta de madera, la puerta que nos llevaría hacia el tranquilo interior de la iglesia en penumbras. Entramos como pájaros bohemios que se asoman a la terrible nostalgia de la jaula, arrastrando los pasos, con los cigarrillos al borde de los labios, con las botellas colgando de nuestros brazos. Nos sentíamos como sombras y de pronto deseé adaptarme a los rincones, quedarme ahí como una alfombra hasta ser devorado por la boca solar del nuevo día. Lectura-collage con aprendizaje pasional a kilómetros de la razón. Fue entonces cuando nos desnudamos, un jazz de latidos inconexos, jadeantes como animales, ofreciéndonos a cualquiera que se digne de apreciar su creación. Y de pronto me parece escuchar la voz de Niestzsche, diciendo que “el hombre, en su orgullo, creó a dios a su imagen y semejanza”.


Entré al confesionario como quien calcula con el dedo la temperatura del agua. Malena me siguió por puro instinto, aspirando los leves colores de mi rastro, gateando desnuda y primitiva: animal y bebé al mismo tiempo. En aquella reducida cabina el pecado se había vuelto lenguaje, lenguaje que a su vez se había vuelto humedad de las paredes, humedad que se había vuelto dibujo: un singular dibujo surrealista que revelaba, de forma oscura, los inútiles manotazos de los eternos condenados. Seremos el infierno por culpa de lucir la pureza, por haber bautizado la felicidad con lágrimas, por apropiarnos destructivamente de la obra divina.


Recuerdo todo esto desde acá, tirado como un enfermo sobre la cama de escribir, mientras el cigarrillo humea en el cenicero. Me encuentro a solas con mi función, entregado a este cruento ballet cavernícola. Soy un arpa, el símbolo del dolor mudo, la electricidad orgánica que te impulsa a la carcajada o al suicidio. Y para colmo tengo que ver cómo mi gata se lame a sí misma. Su femeneidad es realmente increíble. En cierto sentido se podría decir que se parece a Malena. Ella siempre andaba de una forma felina. Siempre la luna, siempre la noche, siempre su equilibrio a pesar del alcohol y siempre su voz enternecedora: hablaba de tantas cosas que llegaba un punto en el cual todo se transformaba en un sensual y convincente ronroneo. Es maravilloso hacer las cosas en el espacio y en el tiempo en el que aflora el impulso. Por supuesto, Malena comenzó a subir la antiquísima y crujiente escalera que daba al campanario, a esa cima erecta tan anhelada por nuestra absurda rebeldía. Yo iba tras ella, asombrado por la agilidad de sus piernas elocuentes, por esa magnífica blancura en penumbras.


Siempre le grito a la misma intemperie y presiono el bemol de la anécdota. No sé por qué. Desconozco la causa. La pura verdad es que no hay razones para tener verdades puras. Pero siempre los bemoles y la distorsión, las cuerdas desafinadas y los vidrios rotos, las novelas que establecen la estabilidad de la mesa y la botella que hace sus veces de florero. La cuestión es que Malena abrió la mochila: sacamos nuestras ropas y las cuatro botellas de vino licorado que le habíamos robado al cura. Siempre nos resultó divertido hacer cosas divinas en las instituciones castradas del señor.