martes 5 de enero de 2010

TENÍA CARA DE LLAMARSE JACK





Me gusta la lluvia porque siempre cae. Me gusta la lluvia porque nunca sube. Me gusta la lluvia porque ( a pesar de que digo que me gusta la lluvia) siempre me obliga a refugiarme en algún sitio. Y aunque suene cobarde me resulta satisfactoria la seguridad (sentimiento efímero) de meterme en un lugar cálido y viciado. Siempre he dicho que nueve meses no son suficientes y que uno anda con ganas de útero durante toda la vida. Siempre he dicho tantas cosas que empiezo a desconfiar de la hemorragia de estupideces que me mancha la boca y me vuelve coprófago. Hace bastante tiempo que miro los espejos con grandes signos de interrogación en los ojos. En mis ojos (siempre llenos de relámpagos sanguíneos) bien abiertos a este mundo o bien cerrados a otros mundos posibles.


No recuerdo con exactitud cuánto caminé aquella noche, pero fue lo suficiente como para mirar alrededor y no reconocer la soberbia mirada de los semáforos, las calles grises e inhabitadas, los carteles luminosos y las fachadas coloridas de los edificios. Sólo la luna y la noche y la lluvia (que siempre cae y nunca sube) me parecían familiares. Familiares!, qué palabra asquerosa. Sin embargo, la lluvia continuaba cayendo y cayendo y mordiendo el polvo y haciendo barro sin la más mínima intención de subir, de volver a ese cielo con el que me rompieron las bolas todos los soleados domingos de mi infancia. En esos tiempos yo quería felicidad. Ahora me resigné a querer placer, o sea alcohol, alucinógenos, humo, conchas y por qué no resacas. En esos tiempos yo quería corretear con mis amigos por el césped de las plazas, quería ir de vacaciones (con mi familia que hace rato –cuatro hijos- había dejado de ir de vacaciones) y alimentar con hermosos castillos de arena a la espuma del mar. Pero no. Tenía que ir a catecismo y arrodillarme y humillarme ante un verdugo que ni siquiera mostraba su máscara y decir “Oh, padre, he pecado”. Y ahí nomás me mandaban a rezar, a repetir muchas veces esas cosas que me hacían memorizar todos los soleados días de mi infancia. Entonces yo era un loro de cuclillas ante la estatua crucificada de Jesucristo, ante esos inmóviles ojos de piedra. “¿Por qué Jesús está crucificado y semidesnudo?”, le preguntaba a mi mamá con mis ojos de niño al que le hicieron entender que había pecado. “A mí no me gustaría que todos me conozcan por mi peor momento de humillación y de ridiculez y de sufrimiento”. Pero mi mamá me decía que me calle la boca y que continúe escuchando la misa de la que en realidad no entendía ni media palabra.


“Hay que leer con la punta del glande”, creí haber oído cuando metía mi cuerpo (quién sabe por dónde andaba mi cabeza) en uno de esos bares que siempre están a una cuadra y media de la lluvia. Giré la cabeza como un loco. Pero no. No había nadie lo bastante cerca como para poder susurrarme esas palabras, esas palabras arrastradas por un aliento a tabaco que creí sentir en la oreja izquierda. Como siempre hago en esos casos, supuse que todo fue producto de una imaginación desarrollada a fuerza de aburrimiento. Había mucho humo. Humo atravesado por luces rojas. Humo atravesado por luces azules. Humo artificial que salía por la boca de un aparato. También había humo proveniente de cigarros, cigarros y cigarros fumados de un modo altivo por señores y señores que discutían en el rincón más distante. Había mucho humo, y dejándome envolver por él, caminé con inseguros y torpes pasos hasta la mesa más solitaria, desde donde me llegaban escombros de murmullos mezclados a un interesante blues. Había mucho humo. Todo parecía hacerse humo menos el humo.


El humo de mi cigarrillo me entró en los ojos. Y ojo cuando el ojo arde lleno de humo: es horrible. Desgraciadamente tuve que bajar los párpados, cerrar los ojos con fuerza a fuerza del ardor. Digo “desgraciadamente” porque siempre que cierro los ojos la mente es desgraciada. Y entonces: ah. En la oscuridad de mis ojos bien cerrados empecé a distinguir algunas siluetas. La oscuridad se disipó de golpe y vi los glúteos de Nancy. Los rosados o rosaditos glúteos de Nancy separándose gracias a la viril y despiadada fuerza de mis manos: borrachas bien borrachas y con piojos en las uñas. Después me pareció escuchar el murmullo de un televisor eternamente encendido en la habitación vecina. Y por último, siempre por último, vi mis manos que agarraban el pelo rojo de Nancy. El pelo rojo de Nancy. El pelo rojo de Nancy que ahora me lamía humildemente la punta del glande. “Hay que leer con la punta del glande”, me acordé, justo cuando abría los ojos y dejaba de refregármelos. “Hola. ¿Qué se va a servir?”, me preguntó la camarera, que dicho sea de paso, estaba buenísima con ese escote. “Hola. Tráigame un vaso de vodka con limón”, le dije, lamiéndome los labios con un gesto no disimulado de psicópata sexual.


Ja, ja, ja, ja. Después del cuarto vaso de vodka yo no podía dejar de reírme. Y al rato nomás, cuando mi risa comenzaba a hacerse lágrima (siempre me pasa), en la mesa de al lado donde no había nadie se sentó un tipo que venía acompañado por su novia pelirroja. La pelirroja sentóse en su regazo después de que él le indicara ese lugar dándose unas palmaditas. “¿Qué es lo tan graciosamente triste?”, me interrogó Jack (no sé por qué me pareció que tenía cara de llamarse Jack), tomándome por sorpresa. “Concha. Concha. Concha. Hay que leer con la punta del glande”, le dije a Nancy con los ojos bien abiertos. En la mesa de al lado donde no había nadie Jack cerró los ojos dejando que yo vea lo que quería ver. Pero había mucho humo. El humo no se moja con la lluvia. El humo no se moja con la lluvia. Si el humo no se moja con la lluvia, ¿por qué carajo se mete en los bares?







jueves 31 de diciembre de 2009

Y TAMBIÉN LAS COINCIDENCIAS (a Luri Esquinazi, una fiel lectora)



1


Le encanta sumergirse en ese tipo de actividades que hacen que uno se olvide del tiempo y del espacio. Aunque claro, por supuesto, no estoy hablando de un olvido absoluto, sino de una suerte de amnesia parcial donde el espacio es el cuerpo y el tiempo se reduce a la continua torpeza del tic-tac cardíaco que nos resucita y nos resucita, aniquilando con una paciencia exasperante todo deseo de nuevas resurrecciones. La mujer que de pronto se convierte en gata. La gata que de pronto se convierte en ratón. El ratón que se harta de vagabundear y se aproxima a un espejo para ver, ya sin asombro y con una sólida resignación, la rancia e inmóvil imagen de un queso.


Entonces Evelyn corta una rebanada de queso y la coloca con inútil cuidado sobre una rebanada de pan casero. Mientras come el sánguche se pasa la mano izquierda por el pelo en una operación que es puro aburrimiento y quizás síntoma neurótico. Las migajas de pan, frágiles víctimas de cada suave y crocante mordisco, caen con la velocidad que le es propia a esos diminutos pedacitos de muerte. Evelyn continúa metiendo los dedos en su ondulado cabello oscuro que le llega hasta los hombros. “¿Dónde estará Enrique?”, se pregunta Evelyn, un poco triste pero a la vez un poco contenta porque sabe que Enrique suele aparecer justo cuando alguien (en este caso, ella) empieza a hacer preguntas sobre él, sobre su casi siempre desconocido paradero. Así que “¿Dónde estará Enrique?” era al mismo tiempo una pregunta y un llamado, un gruñido que prologa un ronroneo, la rara nostalgia de un tiempo que se anula pues ese tiempo volverá física y repentinamente representado en Enrique, que ahora ya está en la calle, bajo la lluvia, con el dedo índice a dos centímetros del timbre de la casa en donde Evelyn se lamenta su ausencia. “Son esas cosas que siempre pasan y que nunca se podrán explicar”, decía Enrique cuando algún allegado le preguntaba que cómo era posible que apareciera en el momento en que alguien lo ama, lo odia o simplemente lo instala (sin demasiados motivos) en la conversación. Aunque es verdad que cada tanto Enrique no podía resistirse y se jactaba de ser el centro de una magnífica sucesión de coincidencias, que vaya a saber uno cuándo volvería a darse y con quién.


-Ya estaba sospechando que ibas a ser vos –dijo Evelyn después de abrir la puerta y mirar el rostro empapado de Enrique.

-Y yo estaba sospechando que vos te habías preguntado por mí –dijo Enrique, completamente conciente de que las coincidencias lo favorecían.

-Sí, es verdad –afirmó Evelyn de una forma cortante-. ¿Cómo carajo hacés?

-Son esas cosas que siempre pasan y que nunca se podrán explicar –dijo Enrique poniendo el pie derecho dentro de la casa de Evelyn.


La lluvia, la noche, la luna, las estrellas, los grillos y algún que otro ladrido se tuvieron que quedar afuera. Enrique y Evelyn se besaron en los labios. La puerta, que de pronto se cerró a la noche pareció abrirse al amor, a la intimidad de dos adolescentes que se complementaban tanto en sus euforias como en sus depresiones.


Sí, claro, obvio y por supuesto, ahora harían el amor como tantas veces lo han hecho, o quizás lo harían un poco mejor. Cada relación sexual se daría con más confianza, con menos pudor y con esa segura libertad de transgresión que empiezan a tener las cosas a medida que se tornan cotidianas. Sí, claro, obvio y por supuesto. Pero decir a medida que se tornan cotidianas no es lo mismo que decir una vez que se hayan tornado cotidianas. O sea que paralelamente a la mayor confianza, al menor pudor y a la segura libertad de transgresión estará presente el miedo a que de tanto hacer cosas nuevas ya no queden cosas nuevas, y todo adquiera así un grado insoportable de repetición y de aburrimiento ante lo que podría volverse una mera rutina genital. Pero por el momento esto no era lo más importante, Evelyn y Enrique se habían conocido hace apenas dos meses y estaban pasando por una deliciosa experiencia sexual. Por supuesto, obvio, claro y sí, una experiencia sexual donde el instinto le daba latigazos a todo estúpido razonamiento.


Entonces Evelyn arañaría la espalda de Enrique. Y Enrique tomaría esos arañazos como una invitación a ser más violento. Y Evelyn arañaría de nuevo la espalda de Enrique invitándolo a que se calme. Pero Enrique interpretaría los arañazos como lo había hecho anteriormente. Y a Evelyn, por supuesto, le terminaría gustando ese juego de incomprensiones donde irónica y salvajemente lo masculino y lo femenino se comprendían. Y no se lo explican pero sí. Y no se lo explican pero es obvio. Y no se lo explican, por supuesto.


Evelyn encendió un cigarrillo y empezó a fumar despacio, dejando que el humo salga espeso y mirando el techo casi sin mirarlo. Se notaba que la mirada verdadera apuntaba hacia otra parte, tal vez hacia esa zona de cuidados recuerdos y ensayadas nostalgias. Cuando Evelyn aspiró la sexta pitada Enrique se sentó al borde de la cama y se pasó las manos por la cabeza, despeinándose con ademanes que oscilaban entre la preocupación y el aburrimiento.


“Es estúpido pensar en la muerte cuando la muerte no piensa en nosotros”, pensó Evelyn. “Al pensar de cierta forma se está resucitando al objeto del pensamiento, si es que alguna vez murió. Pero la muerte nunca nos resucitará. Sólo es algo que de vez en cuando está ahí, presentando su ausencia en determinadas atmósferas y palabras, palabras, palabras...”


-¿En qué estás pensando? –preguntó Enrique.

-En la muerte –respondió Evelyn.

-Te dije mil veces que pensar en la muerte es inútil.

-Ya sé, en eso estaba pensando.

-No vaya a ser que con la muerte te pase lo mismo que te pasa conmigo y dentro de un rato suene el timbre –bromeó Enrique.

-Y bueno, en ese caso le diré pase señora muerte, con esta lluvia se le va a oxidar la guadaña.


2


Fray y Roger se juntan casi todas las noches en el Pub de la esquina Belgrano y Sarmiento, en donde domestican al frío con whisky on the rocks y mesa cercana a la lumbre del hogar. Como siempre sucede en los pueblos chicos, el barman es un amigo más, y si por ahí falta dinero no hay problema otro día me alcanzás la plata. Esa es la causa por la que nunca queda ni un mínimo espacio para que el frío (invierno) despliegue su rugido. Por supuesto que no, carajo, whisky on the rocks, mesa cercana a la lumbre del hogar y el frío ronronea a los pies de Fray y Roger, mansamente.


Al Pub “Morris” no suelen concurrir demasiadas personas, mucho menos cuando un aire invernal se pasea por las calles solitarias, haciendo que los viejos opten por pasarse horas frente al televisor y el café, y que los más jóvenes como Roger y Fray pero a la vez tan distintos elijan otros lugares malsanamente repletos de gente (donde, según dicen, se rodean de una gran calidez humana, bah). Por eso, pasar las noches en el “Morris” les resulta más íntimo, más cómodo, y allí se puede hablar de cualquier cosa confiando en el volumen medio de la música. No como en otros lugares donde el exagerado volumen de la música obliga a que las conversaciones se den a los gritos, y de pronto plaf, aparece un inesperado hueco de silencio y Roger o Fray terminarán diciendo en voz alta, y para oídos de todos, cosas tales como “me la cogí contra el muro” o “me cago en Neruda”.


Preferían los lugares y atmósferas propicios a la conversación, es verdad. Sin embargo, el término “conversador” no se adhería con facilidad a ninguno de ellos. Solían pasar largos ratos sumidos en el más lúgubre de los silencios, usando la boca tan sólo como puerta de whisky y de cigarrillos. En esos casos aparecía en escena el barman Felipe, queriendo espantar como quien espanta moscas las caras agrias de su clientela.


-Hey, muchachos –decía Felipe-, hablen y muévanse un poco. La gente cree que son unos maniquíes de bar. En serio, che, demuestren que son borrachos de carne y hueso, de raza, de tradición, y por supuesto de herencia genética.


Y ahí comenzaban a reírse como locos. Y al rato, plaf, no sabés el sueño que tuve anoche, yo ayer me crucé con una mina que no te imaginás, y bla bla y bla bla. Después, sexto whisky on the rocks y ya no los detenía nadie, ya estaban conversando sobre rieles aceitados, inflando el pecho, tomando aire y tirando humo como toda buena locomotora.


-Qué raro que todavía no vino Enrique –dice Roger, haciendo sonar con el dedo los hielos de su whisky.

-Debe estar en la casa de Evelyn –dice Fray mientras se rasca el mentón.

-¿Estaban hablando de mí? –pregunta Enrique en voz alta desde la puerta del Pub.


Roger, Fray, Felipe, y ahora también Enrique son los únicos que quedan en “Morris” a las tres y media de la madrugada. De pronto empieza a llover otra vez. La lluvia se había detenido durante más o menos media hora, tiempo más que suficiente para que Enrique haya podido recorrer, sin mojarse, las nueve cuadras que separan la casa de Evelyn del Pub “Morris”. “¿Estaban hablando de mí?”, había preguntado Enrique al entrar, y no porque haya escuchado que Roger habló de él, sino porque escuchó que Fray habló de Evelyn. Y Enrique estaba convencido de que si se hablaba de Evelyn irremediablemente se había hablado ( o se hablaría) de él. Y también las coincidencias, claro.


El magnífico olor de la lluvia siempre le daba ganas de fumar. Esa especie de perfume tan pasto mojado y asfalto húmedo hacía que un cigarrillo (especialmente negro y especialmente Parisiennes) se torne irresistible. Che, Fray, convidame un pucho/ Acá tenés, agarrá/ Pero estos no son Parisiennes, ni siquiera es tabaco negro/ No seas mal agradecido y fumá igual/ Sí, te digo nomás/ ¿Desde cuándo sos delicado?/ Desde que llueve. Fijate ahora por ejemplo qué hermosa lluvia, y yo fumando un faso gringo/ No tiene nada que ver el pedo con la refalada/ En realidad es el olor a lluvia, ese perfume tan pasto mojado ¿entendés?/ Bueno bueno, hablemos de otra cosa/ ¿Cómo qué? La última vez que te pasé la palabra no la agarraste y se hizo añicos en el suelo/


-Un whisky –pidió Enrique para subir (o quizás bajar) hasta el nivel alcohólico que sus amigos habían logrado con tanto ahínco. Felipe, que en ese momento se encontraba hablando por teléfono, no escuchó ni de rebote ese pedido que tenía tanto de manotazo náufrago. Entonces Enrique tuvo que esperar, con una impaciencia de manos húmedas y labios secos, hasta que el barman bajara el tubo del teléfono inquietantemente azul. “Manotazo náufrago”, se dijo Enrique, guiado por el azul del aparato.


-Un whisky –repitió Enrique, esta vez con la seguridad de quien arroja objetos a un embudo gigante.


Primero mojó los labios, despacito bien despacito, en el salvador vaso de whisky on the rocks. E inevitable comparación: Mojó los labios en el whisky como quien mete apenas el dedo gordo del pie en una piscina. Después bebió un considerable trago, y enseguida que el alcohol acababa de quemarle un poco la garganta, dijo:


-¿Nunca repitieron la frase “como en la vida” hasta que la palabra vida adopte algo de silla y la palabra “como” pase de golpe a ser el verbo “comer” en primera persona del singular?


Fray y Roger lo miraron, para burlarse, con la misma cara de una sirvienta

que encuentra al niño de la casa masturbándose en plena cocina.


-Ya estás haciendo literatura, horrible y de bajo vuelo pero literatura –dijo Fray.

-Ahá, che, porque la literatura es –dijo Roger.

-Qué ganas de fumar un Parisiennes –dijo Enrique.


Al día siguiente había en el aire algo espantoso y como muy de día siguiente.


-Sos un borracho asqueroso, alcohólico mejor dicho –dijo la madre de Enrique asquerosamente madre-. Vas a terminar como la puta cagadora de tu hermana. Qué hijo de puta ¿eh? Siempre haciéndome la vida imposible vos. Siempre –repitió previo portazo.

-Yo también, mamá. Yo también –dijo Enrique con gusto a vómito en toda su boca. Después se sentó al borde de la cama y no tuvo mejor cosa que hacer que tener ganas de tomar una cerveza bien fría (mmm). Se le hizo esperma el alma.

¿Tengo problemas con el alcohol? No, ni ahí. La gente tiene problemas con los alcohólicos y eso es algo muy distinto bah. El día que deje de beber (ja ja ja) no lo voy a hacer por mí. Lo voy a hacer por toda esa manga de familiares y conocidos que no me dejan ser borracho en paz. Qué maravilloso y poético y cojonudo suicidio a largo plazo en el que uno apenas puede aspirar a ser un cuarentón lleno de pulgas, nostalgias y ambiciones intelectuales.


La pared no dijo nada, se quedó ahí, dura como siempre y con su estúpido color vainilla. Entonces Enrique, con su vieja puteando a diestra y siniestra por toda la casa, decidió hacer lo que todo buen cobarde hace en esos casos, huir con el rabo entre las piernas, huir del efecto hasta el centro mismo de la causa: una importante ingesta de alcohol.


Caminando por la calle Belgrano vislumbró una lejana silueta que parecía pertenecer a Roger. Apretó un poco el paso, entornó los ojos y sí, el tipo que ahora se había detenido en la ventana de un kiosco era nada más ni nada menos que Roger.


-Hola –dijo la chica del kiosco.

-Hola –dijo Roger.

-¿Qué andaba buscando? –preguntó la chica del kiosco.

-Deme un paquete de cigarrillos...

-Parisiennes –interrumpió Enrique con la voz agitada. Roger giró la cabeza y lo miró de abajo arriba como si estuviera midiendo la altura de un árbol.

-Parisiennes –obedeció Roger ante la voz de Enrique, que más que pedir con simpleza parecía rogar disimuladamente.


Cruzaron la calle y fueron a instalarse en la plaza principal del pueblo. Empezaron a fumar, sentados como torpes muñecos en un ridículo banco que tenía sus maderas castigadas por las lluvias.


3


MÁS PERRO QUE UN SOLO

Basado en un sueño de Enrique.


Ella se resistía, delicada y femeninamente pero se resistía. Mis trémulas manos buscaban con desesperación sus enormes senos, sus maravillosas nalgas, su delgada cintura y su perfecto ombligo, anillo carnal, único ojo que parecía aceptar las inefables intenciones de mi lujuria. Oh, mujer que sos tan. ¿Por qué me negabas la pulpa de tu fruto? Yo sólo deseaba amarte (quizás cogerte) con todos mis dientes, con toda mi estructura ósea y muscular. Oh sí, cogerte (quizás amarte) hasta que esa puta y reventada vida nuestra se nos vaya en un ahogado quejido, en un patético flujo, y tal vez, oh sí, en un espasmo genital elocuente y definitivo. Se resistía, delicada y femeninamente. Los besos de mis carnosos labios nunca llegaban a su pálido cuello, ni a su frágil clavícula ni a su esplendoroso mentón. Para mis pobres manos sus piernas eran tan fugitivas como un par de serpientes lubricadas (también histéricas, of course). Así fue que me vi obligado a abandonarla, a dejar que su instinto-estatua continúe dormitando sobre el róseo césped (fue en el atardecer) de aquella plaza ignota.


Me dirigí hasta donde se encontraba su amiga Cecilia, una muchacha gorda y bastante fea. Pero la lujuria, señores y señoras, es mil veces más ciega que el amor. Cecilia me aceptó de inmediato. Y también de inmediato mis labios se enredaron con los suyos, mi mano izquierda acarició su seno derecho, mientras tanto mi otra mano gozaba en su entrepierna, en ese tibio y húmedo montículo carnal. Entonces, como por mágico arte, Cecilia comenzó a tornarse hermosa, era como si mis manos, guiadas por un intenso deseo semejante a la inspiración, esculpieran un nuevo y dócil cuerpo. La grasa de su abdomen se ubicaba en otros sitios, dándole altura, levantando sus pechos, endureciendo y up sus nalgas. Impresionado ante el milagroso banquete que se me ofrecía, decidí meter mi lengua en su boca. En ese momento me pareció que toda la poesía del mundo (fuck) vibraba en mi pecho y en mi garganta, pronta a fugarse, a clavar su lujosa tristeza de bandera sin viento. Y ahí nomás Cecilia levantó los párpados, sus entornados ojos azules de gata ronroneando me provocaron una especie de orgasmo anímico, filosófico, poético, intelectual, etcétera.


Pero como yo fui criado por el whisky, las revistas pornográficas y el glamour estúpido de las revistas que llevo al baño para masturbarme, no tuve mejor idea (de hecho es una buena idea) que decirle “chupame la pija”. De súbito su semblante sexy sufrió algunos cambios que sí, me asustaron un poco.


-¿Qué pasa? Ya deberías saber que a todos los hombres les encanta eso. También deberías saber que detesto los protocolos, todas las vueltas que da el perro antes de echarse.

-Sí, pero como poeta...

-Como poeta soy un excelente borracho y un prominente energúmeno –afirmé, mientras ella salía como un río del puente de mi cuerpo.


Me quedé en cuatro patas sobre el róseo césped, más perro que un solo.

Ella se alejaba caminando con torpeza y convirtiéndose en una niña horrible, como si cada paso le quitara un año de encima. Antes de alcanzarla y después de distinguirla entre todos los vagabundos y prostitutas que paseaban por el lugar, ella me miró como si estuviera al borde de un caprichoso llanto. Pude ver su moreno rostro de niña, su boca haciendo puchero y sus mejillas manchadas por una torta cara sucia. Después Cecilia, oh la pobrecita, se perdió entre los vagabundos y las prostitutas que salían de sus chozas como hormigas lastimadas.


Empecé a caminar por una acera destruida que dejaba salir espantosos yuyos de toda índole. A mí izquierda había perros enormes que me ladraban como si hubiesen visto al demonio. De pronto un perro rompió sus cadenas y me quiso besar en los labios, su filosa dentadura me lastimaba toda la cara. Entonces abrí los ojos como quien abre la boca para gritar. Escuché que a mi derecha una niña bostezaba, o quizás estaba llorando, nunca podré saberlo.


La bala entró en su cráneo como más tarde el beso de su madre entraría en su frente fría. “¿Dónde estará Enrique?”, se pregunta Evelyn, con la rara nostalgia de un tiempo que se anula pues ese tiempo volverá física y repentinamente representado en Enrique, que ahora ya está en la calle, bajo la lluvia, con el dedo índice a dos centímetros del timbre de la casa en donde Evelyn se lamenta su ausencia.


-Y bueno, en ese caso le diré pase señora muerte, con esta lluvia se le va a oxidar la guadaña –dice alguien en el Pub “Morris”, recordando o quizás diciendo por pura casualidad las mismas palabras que alguna vez dijo Evelyn. Y también las coincidencias, claro.


lunes 28 de diciembre de 2009

GOLPEAR LA CABEZA AQUÍ


A veces es tan extraño ser yo mismo. Es como habitar un vehículo que se oxida lejos de que la gente conozca su potencial. ¿De qué mierda me sirve estar sentado frente a la computadora escribiendo todo esto? Nada. Nada. Tres veces nada. Ojalá ser poeta sea tan maravilloso como solemos ver en esas ridículas películas francesas. Pero la verdad es que esto tiene un costado realmente nocivo, un filo sucio lleno de enfermedades listo para rebanarnos en el primer descuido. Y si algo tenemos en común los poetas es que somos descuidados, sucios, viciosos, promiscuos, irrelevantes y totalmente prescindibles para el resto de la sociedad. Excepto los malos poetas, esa gente universitaria llena de títulos que necesita reunirse con animales de la misma calaña y hablar de tropos y contextos y paratextos y demás sutilezas de la miseria explicativa. Esa gente que cree escribir con compromiso social y político. A la mierda la sociedad y la política, esas cosas están sí o sí en los temas y en los estilos. No hay nada peor para un poema que hacer explícitas esas mierdas y creerse inteligente por un uso pedante de la arrogancia. Me dan ganas de vomitar, ganas verdaderas de mostrar que la poesía es algo íntimo y cotidiano, una necesidad física con la que la mayoría de las veces somos castigados, una forma de funcionamiento cerebral que va más allá de nuestra voluntad. Porque si realmente sabría qué decir lo diría de una vez resumiéndolo lo mejor que pueda y olvidándome de cultivar ojeras e insomnio mientras me ahogo en papeles saturados de palabritas que sólo dan inicio a más palabritas. Y quizás se trata todo de eso: decir con palabras lo que de antemano sabemos que no se puede decir con palabras. Pero decir, no explicar o entender, simplemente decir, largar la serpiente que se nos retuerce en la garganta después de haber defecado ácidas y oscuras ideas en nuestro estómago. Aunque quizás me equivoco. Aunque tal vez mañana esté diciendo todo lo contrario y acomodándome la corbata ante nerds sin vida social que en teoría entienden de lo que hablo. O ante pelotudos que se creen artistas porque usan ropa extravagante, consumen drogas psicodélicas y están a años luz de tener algún trabajo o responsabilidad. Mierda sobre mierda fornicando bajo mierda. Yo entiendo porque ya fui millones. Yo no entiendo porque de esos millones que fui no hubo ninguno que en el fondo no sea un perdedor sin esperanzas o ambiciones. Sólo quiero terminar con esto pero la verdad es que me la paso improvisando, me dejo llevar más por la música del teclado que por el sentido literal de mis vocablos. Basta. Necesito alguien que me diga basta. Sólo de esa forma puedo no hacerle caso, rebelarme y volver a empezar todo de cero. A veces es tan extraño ser yo mismo. Esta noche, por ejemplo, casi las tres de la mañana con un ventilador a los pies, en calzoncillos y volviendo a sentir esa dulce y solitaria erección. ¿Dónde están las musas que nos prometieron? Pero no todo está perdido. En cualquier momento llega mi hermosa chirucita que sabe hablar de otra cosa, que sabe devolverme al mundo real de la carne, el sudor, la sangre, el éxtasis y la desesperación. Por eso no busquen poesía en la poesía de salón. No busquen literatura en la literatura que usan como modelitos para que todos los malos escritores clonen un estilo rebuscado. Por favor no caigan en esas trampas. Esas son sólo manifestaciones. Estas son sólo manifestaciones. Nada que puedan encontrar en un manual. Nada que ya sepan hacer. Sólo el viento en sus cabezas cuando por fin se puede lograr no pensar en nada diciéndolo todo. Y después que bostecen en tu tumba hasta que las raíces de las flores que te dejan abracen tu cráneo con ternura. Puro delirio de grandeza. Puro terror a la mediocridad. Como siempre, pura paranoia de perdedor, del mejor perdedor.




sábado 19 de diciembre de 2009

EL PEATÓN SUICIDA




Casi a medianoche, caminando por la avenida 25 de mayo, padecí nuevamente todo el algodonoso peso del sueño de la noche anterior, de tantas noches anteriores: otra vez los ojos verdes de María, su fría nariz de invierno y su sonrisa dibujada con talento de sobra. Recuerdo haber salido a caminar sin destino premeditado, en ese momento sólo existía un vago punto de partida que se esfumaba al compás de mis emplomados pasos. Una ridícula llovizna me impedía ver con claridad. Las gotas diminutas que se posaban sobre los vidrios de mi anteojo deformaban toda imagen. Me desvié para entrar en calles más despobladas y grises, y al cruzar un farol estilo tango-porteño noté que mi sombra se estiró hasta que mi otra cabeza quedó en la vereda de enfrente. Librarme al azar de las calles era algo que siempre se me daba como una suerte de síntoma neurótico, una implacable necesidad que me permitía entrar en órbita. Aunque pensándolo desde un punto de vista menos subjetivo, sería como entrar en la órbita de un satélite por naturaleza descentrado (lejos de la órbita mayor pero cayendo con los brazos atados sobre los rieles de una órbita personal). En resumen, un constante estar rodeado de mí mismo, un turbulento ser barrera y objeto en fuga para conocerme con la áspera violencia de una colisión.


Sin darme cuenta, mi azaroso paseo me dejó en la entrada de un bar, del cual Alejandro (que había habitado esta ciudad antes que yo) solía comentarme en varias ocasiones, cuando nos encontrábamos en el inicio de la adolescencia. Pero el destino quiso que él se vaya a la capital, a Buenos Aires no tan buenos, cargando en su espalda una prometedora carrera como artista plástico. Ahora, al ver la dulcísima bohemia de estas calles, lamento enormemente no poder escuchar sus sabias palabras, sus descabelladas ocurrencias que concluían en aventuras dignas de ser contadas. Me quedé mirando el cartel luminoso que decía Olimpo bar, y cuando logré escabullirme de mi nostálgica divagación decidí entrar a examinar el ambiente, y por supuesto beber un poco de vodka para espantar el frío. El lugar era aún más inspirador que la idea que me había hecho con las palabras de Alejandro. Allí realmente se podía experimentar una sensación de enajenamiento, algo así como lo que sería atravesar el espejo, o sea, todo tan igual y al mismo tiempo tan otra cosa.


Con el cuarto vaso de vodka con limón ya empezaban a aparecer los primeros destellos de depresión anónima: nunca lograba atribuirle un nombre, una causa o un sentido. Quizás por tratarse de una depresión-suma-de-tantas-cosas, las identidades y los sentidos se mezclan y se reducen hasta el punto de caer en la inexistencia, quedando sólo una depresión que se alimenta de su efecto, ya perdida toda causa posible.


Encendí el décimo cigarrillo y salí a la calle con el fuego del vodka en el estómago, lanzando un eructo como de dragón. Caminaba un poco flojo por la bebida, saltando los charcos y los huecos con barro que dejaban las baldosas faltantes de la vereda. De golpe otra vez los ojos verdes de María parpadeaban en mi memoria, y empezaron a surgir imágenes relacionadas con nuestros dos años de noviazgo. Recordaba cuando abrazados en el patio de su casa llorábamos por nimiedades, melancólicamente ebrios y tomando los últimos sorbos de nuestro vino barato. También aparecía en mi cabeza su piel levemente morena, su deslumbrante desnudez y el mínimo gesto de sus bellos labios cuando hacíamos el amor. Repetía su nombre en voz baja y sonaba tan lejos, tan inalcanzable. La palabra María se transformaba en una especie de horizonte, y era inútil esperar, el sol no se asomaría nunca, no iluminaría nunca esa zona tan amada y maravillosa. En ese momento sólo existía la tortura del recuerdo, me era imposible hallar algo real y palpable. Ciertamente padecía el malestar de no poder sujetarme a un presente que afirme mi existencia. Carecía por completo de un vivo para... o un vivo por... Mi única diversión en aquellas situaciones era silbar un tango violentamente nostálgico y mofarme, entre risas desganadas, de mis propias grutas anímicas.


Parado en una esquina, mientras le arrebataba la última pitada a mi cigarrillo, descubrí el precario y opaco verde de una plaza un tanto apocalíptica. Quizás por el peso de la noche nublada, o quizás mi propia melancolía distorsionaba las cosas poniéndole horribles máscaras a todo lo que surgía ante mí (quizás). Lo seguro es que en aquel paisaje no percibía algo feo, sino que percibía la belleza-que-duele, esa belleza difícil de admitir que comúnmente se sitúa bajo el título de poco saludable o no-convencional. La belleza de las vísceras sobre la belleza de la piel: invertir el papel de las cosas, enarbolar sin pudor lo que suele estar abajo, lo que siempre se encuentra tan saturado de capas inútiles, de superficies que funcionan como adorno o envoltura. SUPERFICIE, qué palabra! Sin pensarlo demasiado podría tomarme el atrevimiento de considerar a ésta palabra como un posible paratexto de la época en que me muevo, de la época en que me arrastro o de la época que me arrastra, depende de la ubicación del ojo-crítico.


Ya rodeado por la gris atmósfera de la plaza, me senté en un banco cubierto de minúsculas gotas. Encendí el último cigarrillo del paquete y a través del espeso humo de la primera pitada distinguí dos siluetas que me parecieron familiares. Sí, María y Alejandro se acercaban lentamente hacia mí. María con su graciosa y despreocupada forma de caminar, y Alejandro trayendo bajo el brazo su viejo caballete, al cual le había tomado un cariño increíble. Entonces un enorme sol rojo empezó a despojarse del horizonte como si se tratara de una sábana sucia, y los tres: María, Alejandro y yo (que ya éramos los puntos de un triángulo equilátero), sentimos una tibieza que nunca antes habíamos experimentado. Nos vimos ante la imposibilidad de cruzar palabras, estábamos completamente mudos y asombrados. Después la plaza volvió a ser lo que en realidad era, lo que era en el presente y de cierta forma en la vida.


martes 15 de diciembre de 2009

EL OJO DE LA CERRADURA



Si pudiéramos aproximarnos lo suficiente al ojo de la cerradura es muy probable que veamos su pequeña pupila, su hermoso iris azul y quizás hasta un poco de su blanco globo ocular. Porque ella está encerrada en la enorme habitación, y cuando Mariano la deja sola, espía por el orificio de la puerta con las esperanzas (siempre inútiles) de ver un poco de libertad. Si pudiéramos aproximarnos lo suficiente al ojo de la cerradura, cuando ella no está espiando y sólo fuma desnuda contra la ventana enrejada, entenderíamos la razón por la que Mariano la mantiene bajo llave. Yo, como escritor de este improvisado relato, me he tomado el atrevimiento de aproximarme lo suficiente. Y así fue que comprendí la razón por la que Mariano encierra a esa mujer. Ella es hermosa. Demasiado hermosa. Hermosa hasta el encierro y valiosa hasta el punto de tenerla bajo llave. Cuando fuma desnuda contra la ventana enrejada, el sol la golpea con violencia y toda su piel adquiere un color lácteo. También me encanta la forma en que su cabello cae sobre la mitad de su cara, dejando al descubierto su perfil izquierdo, su encantador perfil izquierdo. Y los ademanes sensuales con los que le arranca las pitadas a su cigarrillo son simplemente perfectos.


Pero lo que ahora me preocupa es la prolongada ausencia de Mariano. Hace ya más de tres horas que debería haberle traído el almuerzo. Tratándose de un secuestrador, o mejor dicho, de un violador que mantiene secuestrada a su víctima, tres horas de retraso para traer el almuerzo no sorprendería a nadie. Pero el punto que me preocupa es que durante los últimos cinco meses Mariano había sido totalmente puntual. Entonces, ¿por qué se está demorando? ¿Se habrá cansado de abusar sexualmente de ella? ¿Habrá decidido dejarla morir de hambre? ¿Lo habrá atrapado la policía y se niega a decir el lugar en donde se encuentra su víctima? No lo sé. Apenas me encuentro en condiciones de saber que esta preocupación me está matando. Y cuando me aproximo al ojo de la cerradura y veo su pequeña pupila y su hermoso iris azul, empiezo a preguntarme de qué lado del papel está la víctima. Me he tomado el atrevimiento de aproximarme demasiado. Mariano aún no llega. Aunque quizás haya llegado así: Mariano aún no llega. Quizás haya llegado.


viernes 11 de diciembre de 2009

PRESCINDIBLE FUNCIÓN BIOLÓGICA PROYECTABLE BAJO ARTE




Yo siempre escribí a los portazos y a las patadas,

sintiendo acá la náusea del sentido común,

masticando mis dientes sin hallar la palabra

cual sirena enlatada que pasó por atún.



Y yo siempre escribí dado vuelta por completo,

metiéndome lo que salga al abrir el cajón.

Soy modesto, sencillo, risueño y no es que miento

al decir que en el cráneo también hay corazón.



Alucinando, también, visiones primitivas.

Los que entraron a mi cueva ya nunca salieron.

Dame vuelta la hoja o prestame tu saliva.

Subansé las polleras y las musas primero.





jueves 10 de diciembre de 2009

YO SOY USTEDES Y VICEVERSA




Yo soy ustedes y viceversa,

como células de un animal llamado tierra.


Es así como siento el abrazo de tus piernas desesperadas,

la angustia existencial ya poblada de felices orgías

donde el miedo no existe.


Ustedes son yo y viceversa,

como sangre-sueño a la sangre dormida del latido.


Es así como siento la pacífica seguridad visionaria,

y me subo sin protestas al barco ensimismado

del olvido,

del absurdo,

de la nada.